La última Frontera

Una vez viajé a Bariloche. Un precioso lugar de lagos, montañas y hoteles construidos con madera como inmensas cabañas. Fui a una boda elegante, me puse mis cuernos luminosos de Angus Young con el chaqué y me besé con una Habsburgo después de retar a un duelo a su primo -gracias a Dios que no fue al revés-, oficial del ejército austriaco, por meterse en la misma frase con España y con AC/DC. ¡Yo me bato sin dudarlo por ambos! El primo rechazó mi desafío, indigno de la tradición vienesa de los clubes duelistas que dejó una cicatriz en el rostro de Otto Skorzeny. Aunque es verdad que sólo disponíamos de tenedores y que ya empezaban a mirarnos desde las otras mesas. Pero esto no es el argumento del presente artículo.

De Bariloche me decepcionó descubrir que, además de por la belleza natural, tan alpina, se caracterizaba por dos cosas prosaicas. la producción de chocolate y la abundancia de pijos porteños durante la temporada de esquí. También era el destino habitual de esos viajes de escolares quinceañeros por los que sería más provechoso que la azafata del avión no explicara cómo usar el chaleco salvavidas, sino cómo prevenir embarazos no deseados. A mí de adolescente me lo explicaron, y por eso, entre 1983 y 1987, llevé encima un mismo preservativo que ninguna chica me dio nunca excusa para usar y que terminó formándome un relieve circular en la cartera. Pero mi condón caducado tampoco es el argumento del presente artículo.

De Bariloche esperaba otra cosa porque asociaba el lugar al misterio del Sur argentino como sumidero en el que se ocultan para siempre los prófugos de la historia. Lo más recurrente es el avistamiento de nazis. Un artista de variétés argentino, Carlos Perciavalle, se pasó varios años contando en televisión el día en que él y la China Zorrilla se encontraron en un mesón de Bariloche a Adolf Hitler mientras merendaba té rodeado por doce perros de raza doberman. Tenía idénticos los bigotes diabólicos , dijo. Hitler le habría dicho a la China Zorrilla que era muy fan. Hay que recordar que Perciavalle también aseguraba contactarse con extraterrestres, por lo que su testimonio tal vez sea algo dudoso. Pero hay episodios más fiables como el de Erich Priebke, el nazi descubierto en Bariloche cuando era director de un colegio y juzgado en Roma por la matanza de las fosas Ardeatinas cuyo cadáver peregrinó por Italia porque ningún cementerio quería aceptarlo. Pero los nazis de Bariloche tampoco son el argumento del presente artículo.

Tengo especial cariño literario por otros dos prófugos que pasaron por Bariloche y a los que Osvaldo Soriano convirtió en personajes suyos recurrentes. Butch Cassidy y Sundance Kid. Los asaltadores de trenes y bancos a los que volvieron famosos Robert Redford y Paul Newman. La historia de su fuga y de cómo se compraron un ranchito en Chubut antes de volver a las andadas es hermosa por lo siguiente. Llegaron hasta lo que literalmente era el fin del mundo perseguidos por los detectives de la agencia Pinkerton. Pero también por otro motivo. eran personajes a caballo entre dos siglos a cuyo alrededor agonizaba la época de la que fueron últimos protagonistas. La de los outlaws de la Frontera, dispersados por el siglo XX, por el ferrocarril, por la instauración de la ley. Me gusta esa idea del hombre que busca en el mundo un espacio semejante al original suyo, con montañas que le resultan familiares a primera vista, para impostar la vida que en su propio mundo ya no es posible porque está extinguida. Jinetes que eligen estar en Bariloche creyéndose en Montana y convirtiendo a los empleados de un banco de Río Gallegos en secundarios forzosos de una escena violenta que pertenece a otros ámbitos. Precioso. Es un modo algo bravío de resumir la añoranza del exiliado. Y, ahora que lo pienso, de igual forma que Butch Cassidy y Sundance Kid se construyeron en Chubut un rancho de Montana, los nazis escondidos dejaron en Bariloche una serie de cabañas alpinas que parecían importadas de Baviera.