Comunicando, comunicando, comunicando

Ahora que los vaivenes políticos auguran que quienquiera que asuma el poder tendrá que pactar con otras fuerzas para poder gobernar, tal vez llegue el momento de consensuar políticas sobre cómo, entre todos, mejorar la educación. Son tantas las asignaturas pendientes en este terreno que no me pondré a enumerarlas. De hecho, el aspecto que hoy me gustaría comentar con ustedes tal vez pueda parecer de los más triviales, porque no habla del fondo, sino más bien de la forma. Hace poco se celebró un seminario en el que se intentaba poner de manifiesto la importancia que tiene el que los estudiantes de todas las disciplinas aprendan a hablar en público. A diferencia de lo que ocurre en otros países, y en especial en el mundo anglosajón, donde desde primaria se anima a los alumnos a discutir, exponer y defender delante de sus pares una idea, en España hablar en público es un trago, cuando no un drama. Tomemos como ejemplo la forma en la que se expresa un ciudadano español en una encuesta o entrevista callejera comparada con la de un colombiano, un argentino o cualquier persona de otro país latinoamericano con una educación supuestamente más deficiente que la nuestra. El primero balbucea unas cuantas ideas reiterativas y a veces inconexas, mientras que los segundos tienen un vocabulario mucho más rico y saben articular un discurso coherente. ¿A qué se debe que incluso personas universitarias y cosmopolitas se expresen tan mal? La primera razón, a mi modo de ver, es que los españoles tienen horror a la pedantería. Hasta tal punto que se prefiere usar palabras ramplonas, tópicas, o incluso recurrir a las malsonantes antes que emplear otras que se consideran más alambicadas. De ahí que si se quiere describir una puesta de sol, por ejemplo, la mayoría de las personas digan que es muy bonita, muy guay, de puta madre o de cojones antes que afinar y hablar de qué le parecen sus colores o describir el porqué de su belleza (palabra por cierto de la que se huye como de la peste por considerarla cursi). Total que al final cualquier discurso queda pobre, sin matices y lleno de tópicos porque es mejor pasar por simple que por redicho. Todo eso estaría muy bien si cada vez no se hiciera más necesario comunicar, tanto en el terreno personal como en el profesional. Volviendo al tema de la educación, y sea cual sea la profesión a la que se aspira, saber construir un buen discurso es indispensable. Un médico, un arquitecto, un economista, un abogado, un actor, un artista y hasta un callista en el mundo actual, sea uno quien sea, ha de saber venderse, convencer, seducir y conocer las claves de un buen discurso. Los gurús de la comunicación señalan cuatro básicas. La primera y primordial es conocer a la audiencia. No es lo mismo intentar vender una idea a una compañía de seguros que a un diseñador de moda y tampoco se habla igual a un grupo de jóvenes que a unos de la tercera edad. Aun así -y aquí viene la segunda recomendación de los expertos- existe un camino directo al corazón de cualquier interlocutor, y es brillar por la sencillez. Eso no quiere decir usar el léxico pobre y ramplón que mencionábamos antes, sino hablar con frases cortas y valerse de ejemplos y de alguna experiencia personal para crear empatía. La gente se queda más con las anécdotas que con un montón de datos fríos. La tercera recomendación sería lo que Hemingway llamaba el puñetazo en el estómago. Según él, el párrafo inicial de un buen relato tiene que ser así, sorprendente, incitante, incluso chocante o irreverente. La última recomendación es practicar, ensayar. La expresividad se aprende, pero hay que saber dónde encontrar inspiración. ¿Por qué unas personas ‘conectan’ y otras no? Se puede aprender mucho viendo, por ejemplo, las técnicas que usan los youtubers, esos jóvenes que logran hipnotizar a su audiencia -algunas veces millonaria- con lo que cuentan. Obviamente no se trata de copiar su discurso que en general suele ser bastante básico, pero sí su gestualidad, su tono, etcétera. Yo creo que la clave está precisamente ahí, en saber que vivimos en un mundo hiperconectado y que la inspiración está en los lugares más insospechados.