Formas de miedo

Hay muchas personas que, en la presente coyuntura, ante la hora incierta y anubarrada en la que se halla inmersa la política española, confiesan padecer miedo. Miedo a que la situación provisional de ingobernabilidad se haga endémica, miedo a que la ambición desmesurada e irresponsable de ciertos políticos propicie pactos temibles, miedo a un reinado del caos, miedo a que la sombra de las dos Españas resucite otra vez (aunque no tenemos muy claro que haya muerto nunca), miedo a que el río revuelto de la inestabilidad sea ganancia de pescadores separatistas que nada tienen que perder, miedo a que la emergencia de extremismos audaces imponga una incontenible dinámica revolucionaria. Son miedos ciertos y comprensibles que he constatado entre muchas gentes, miedos que en contra de lo que en un principio pudiera parecer no denotan cobardía; pues, como dijo paradójicamente el poeta, a veces para vivir con miedo hace falta muchísimo valor. El miedo, en efecto, puede ser una expresión de la inteligencia, una forma de lucidez que nos confronta con lo que los cobardes y los inconscientes no desean ni siquiera concebir. El miedo puede ser también una forma de la duda que denota una conciencia escrupulosa, capaz de plantearse dilemas que los espíritus menos sensibles rehúsan formularse, capaz de anticipar el error que otros sólo detectan cuando ya se ha perpetrado irreparablemente. El miedo, en fin, puede ser por último una de las formas del amor a la patria. Sentir miedo ante el destino de la nación denota grandeza de alma y generosidad, porque es un miedo que nace del amor a las realidades ciertas que la integran. amor a nuestros hijos (cuyo porvenir tantas veces nos llena de zozobras y premoniciones funestas), amor a nuestras tradiciones (siempre acechadas por los ingenieros sociales del mundialismo), amor a nuestra tierra y a nuestro trabajo (que tratan de arrebatarnos o de convertir en un infierno), amor a la religión que nos legaron nuestros antepasados, etcétera.

Este miedo no es propio de cobardes, sino de gentes valerosas que conocen el valor de las cosas. Pero hay otro miedo muy distinto que hace, como le decía don Quijote a Sancho, que no veamos ni oigamos a derechas, un miedo que turba los sentidos y hace que las cosas no parezcan lo que son. Este miedo es el que interesa a los cínicos y a los malvados, que propagándolo logran que sus intereses sórdidos pasen inadvertidos; y que, además, suelen aprovecharse del miedo noble arriba descrito como coartada de tales intereses, pues mientras lo agitan y azuzan evitan que la atención se desvíe hacia sus trapacerías y cambalaches. A veces este miedo se designa eufemísticamente; se habla, por ejemplo, del miedo de los mercados , o se dice que el dinero es muy miedoso , para camuflar la miseria moral de muchos desaprensivos que ponen en fuga sus capitales y aprovechan el miedo noble de las almas valerosas ante el destino de la patria para anticipar calamidades sin cuento (¡e incluso para dar lecciones de patriotismo!), de tal modo que su egoísmo pase inadvertido. En alguna ocasión anterior nos hemos referido a esos agoreros denunciados por Chesterton que claman ante las calamidades hipotéticas que nos traerá el comunismo y callan ante las calamidades consumadas que nos ha traído el capitalismo; o que, en el colmo del delirio, nos anticipan los desastres traumáticos que se avecinan ante un supuesto gobierno de izquierdas, cuando en realidad tales desastres ya nos los ha traído muy sigilosa y tranquilamente un gobierno de derechas al que jalearon, mientras duró. Siempre nos han dado mucha pena esas personas que, cuando gobiernan las izquierdas, nos exhortan a dar leña ante tristes realidades que claman al cielo; pero que, cuando gobiernan las derechas y tales tristes realidades persisten (o incluso se incrementan), nos reprochan que sigamos dando leña . Y la pena no nos la provoca tanto su sectarismo, que a fin de cuentas es una turbación de los sentidos, como la certeza de que ha sido inducido por desaprensivos que azuzan su miedo cuando conviene y cuando conviene lo aplacan y nos hacen creer que vivimos en el más plácido de los mundos. La pena nos la provoca que pudieran vivir tan campantes entre la montaña de pecados contra el pobre y contra el débil que ni siquiera veían, mientras gobernaban ‘los suyos’ (o, dicho más exactamente, los que los desaprensivos les hicieron creer que eran los suyos).

En esta hora incierta y anubarrada hay que tener el valor de tener miedo ante el porvenir de la patria; pero también el valor de no dejarnos confundir por el miedo innoble que los desaprensivos tratan de infundirnos, para su beneficio e impunidad.