El espacio vital

El hombre es un rey en su castillo. El dicho popular reza más o menos así. Estoy en condiciones de afirmar que se trata de un infundio. Hace algún tiempo, leí que Graham Greene tenía alquilado el piso superior al suyo y lo usaba para encerrarse a escribir. No para guardar los libros, como Néstor Luján o Luis Alberto de Cuenca, sólo para disponer de un lugar en el que estar solo.

Para comprender en toda su hondura por qué un escritor podía avenirse a pagar dos alquileres, necesité pasar por la paternidad. Sólo ahora entiendo a Graham. Ahora que he tratado de concentrarme mientras un niño pega cabezazos en la puerta para derribarla. Mientras por el pasillo corren los ruidos de una reyerta con resultado de llanto. Ahora comprendo a Graham Greene, sí, en todo menos en lo de alquilarse el piso superior. Estaba demasiado cerca. Más lógico habría sido ponerse la gabardina en Londres, decir ahora vuelvo, familia , y no parar ni mirar atrás hasta hallar sosiego en el piso alquilado en Sri Lanka.

Engañado por los ejemplos de la vieja escuela, yo creí que, algún día, dispondría para trabajar de un despachito en casa. Me lo imaginaba con chimenea, con un escritorio heredado, con un globo terráqueo para fantasear, con retratos de boxeadores, con libros, con un suelo crujiente, con un sillón Chester para tumbarme a meditar, con una botella de bourbon escondida, con un corcho en el que clavar ideas, con un pequeño altavoz para ensartar el iPod y llenar la estancia de jazz, con una cafetera Nespresso, con una puerta corredera con tirador dorado. En mis más atrevidas fantasías de rey del castillo, me atreví incluso a suponer que un silencio reverencial se abatiría sobre la casa durante mi horario de trabajo y los chicos hablarían entre ellos en susurros y sabrían que no podrían acercarse a la puerta corredera hasta que esta se abriera sola bajo peligro de caer electrocutados. Oh, qué belleza todo, creo que hasta habría trabajado en batín. ¿Qué digo?, ¡en kimono!

Fue imposible. La guerra por el espacio vital, mi ‘lebensraum’ doméstico, hace mucho que la perdí ante fuerzas más motivadas y feroces, inagotables, capaces de arrastrar hombres a la locura con un arma sónica que usan para castigar a quien les niega un capricho. Me dicen que son mis hijos. No lo sé. Pero hace tiempo que violentaron lo que debería haber sido el despachito y ahí, como símbolo de su posesión y de mi derrota, tienen instaladas hasta porterías de fútbol. Algún amigo generoso me cedió en tiempos un chisconcito para trabajar. Pero últimamente doy una impresión patética cada vez que debo escribir. Agarro el iPad, salgo a la calle, me subo las solapas del abrigo porque hace frío, y vagabundeo hasta que encuentro un bar en el que no haya demasiado ruido de máquinas tragaperras para trabajar ahí. O en un Starbucks. O en una cafetería de El Corte Inglés. Estoy seguro de que, cuando salgo de casa, triste como un rey desterrado, los chicos se juntan en la ventana para reírse de mí y luego se tiran penaltis con el globo terráqueo que no tengo, que nunca compré, porque dónde iba a ponerlo.  

Lo que voy a contar ahora es verídico. Lo preciso porque resulta difícil de creer pese a que confirma mi degeneración completa. Hace pocos días, al llegar a casa, supongo que de trabajar en una cafetería, mi mujer me dijo que había encontrado una solución al problema. ¡Albricias!, me dije, los metemos en West Point, ya era hora. Pero no. Me dijo que había encontrado un espacio para mí y me metió en el ascensor. Creí que iríamos a algún estudio coqueto del barrio, pero me escamé cuando el ascensor dejó atrás la planta de calle y siguió raudo hacia el subsuelo. El espacio que me habían encontrado para reinar como escritor era un trastero. Bastante amplio, es verdad, hasta con un enchufe, pero un húmedo, claustrofóbico trastero en el que sólo podía concebirse presencia humana de haberlo usado una banda de secuestradores como aguantadero. El hombre es un rey en su castillo. Y una mierda.