Trabajo posthumano

Un amigo me envía una entrevista de Esteban Hernández, publicada en El Confidencial, al ingeniero José Luis Cordeiro, al parecer un hombre muy considerado entre los tecnólatras. Cordeiro hace una serie de reflexiones sobre una hipotética vida futura (que él califica con alborozo de posthumana ) en la que los prodigios de la ciencia y la técnica nos habrán transformado por completo, al modo de una nueva redención. Aunque el entrevistador califica piadosamente las ideas de Cordeiro de chocantes y llamativas , lo cierto es que son aberrantes y pérfidas, bajo su apariencia jubilosa. El visionario Cordeiro toca muchos asuntos en la entrevista, hasta componer un mosaico que nos brinda una imagen en apariencia promisoria (pero en su meollo sobrecogedora) de esa vida posthumana que nos aguarda, abrillantando con un barniz de euforia procesos protervos que ya están ocurriendo ante nuestros ojos.

Así ocurre cuando el entrevistador le pregunta por el trabajo del futuro. Como ya no seremos viejos -responde Cordeiro, refiriéndose a una ilusoria inmortalidad proporcionada por los avances científicos-, no tendremos que jubilarnos. Pero eso no significa que tengamos que ganarnos la vida siempre. El trabajo es una maldición, un castigo divino. En el futuro la gente hará lo que quiera  En el último Foro de Davos se planteó la creación de un salario mínimo garantizado para que la gente viva, porque el trabajo lo van a hacer las máquinas, y nosotros podremos dedicarnos a actividades creativas e innovadoras, o a viajar, pero no sólo a la playa, sino a la Luna o a Marte, o donde queramos . La respuesta incluye un sofisma teológico que no nos detendremos a analizar, por falta de espacio; en cambio, quisiéramos señalar la argucia que emplea Cordeiro, tratando de disfrazar un futuro sombrío con ropajes ilusorios.

Es verdad que cada vez hay más voces que plantean la creación de un salario mínimo garantizado para que la gente viva . Pero, en su origen, esta propuesta está impulsada por la plutocracia (más allá de que mucha gente bienintencionada se adhiera con ingenuidad a ella), que pretende que los Estados solucionen el problema al que nos ha conducido un orden económico abominable. La plutocracia ha logrado imponer un orden que asegura la concentración de capital en muy pocas manos, a la vez que (por efecto natural de la automatización y la deslocalización) genera una masa creciente de desempleados. Y, ante esa masa creciente, la plutocracia teme que acabe estallando una revolución de magnitudes desconocidas. Se propugna entonces la creación de un subsidio mínimo que mantenga a esas masas en estado de ‘pobreza controlada’ que, con la ayuda de interné (donde la gente desempleada puede entretenerse, vomitar su rabia y hacerse sus pajillas, todo ello gratuitamente), puede diferir el estallido de esa revolución. Si tal salario mínimo no se ha universalizado todavía es porque los Estados se topan con problemas cada vez mayores para allegar fondos.

Y es que el orden económico que genera masas crecientes de desempleados oprime a su vez a quienes emplea, dificultando al máximo la exacción tributaria. Al romper los vínculos morales entre patronos y obreros, el orden económico vigente ha favorecido todo tipo de desmanes. así, por ejemplo, en España, cada semana se trabajan tres millones y medio de horas extras no cobradas (más de la mitad del total de horas extras trabajadas); cada vez son más frecuentes los contratos laborales a tiempo parcial que encubren -con un sueldo ínfimo- contratos a tiempo completo; y, en general, cada vez hay más gente dispuesta a trabajar en condiciones oprobiosas. Este es el trabajo posthumano (auténtico trabajo esclavo) del presente; y en el futuro, si el orden económico no cambia, no hará sino extremarse (pues las máquinas a las que se refería Cordeiro seguirán destruyendo empleos). No nos parece descabellado imaginar subsidios generalizados en el futuro; pero tales subsidios no permitirán viajar a la gente a la playa (mucho menos a la Luna o a Marte), sino tan sólo evitar la muerte por inanición y pagar la conexión a interné, que se convertirá (si es que no lo es ya) en el desaguadero de la rabia y la soledad -o, como diría Cordeiro, en proveedor de actividades creativas e innovadoras – de una multitud alienada pero dócil.

Este es el trabajo posthumano que nos aguarda, si el orden económico no cambia. Y, por supuesto, nos seguiremos muriendo; sólo que para entonces nos moriremos sobre todo de asco, por mucho que los falsos redentores nos prometan sarcásticamente la inmortalidad y un futuro esplendente con viajes a la Luna y a Marte.