Mente colmena

En la entrevista al gurú tecnológico José Luis Cordeiro que citábamos la semana pasada se contienen visiones estremecedoras sobre un hipotético futuro posthumano en el que seremos parte de una inteligencia colectiva en la que desapareceremos como seres humanos independientes . Cordeiro considera que, del mismo modo que las bacterias decidieron (¡qué bacterias tan decididas!) mutarse y crear organismos multicelulares, los hombres del futuro decidirán convertirse en las células de un organismo mayor, un cerebro planetario , una especie de nube virtual a la que ya no nos conectaremos a través de artilugios, pues cada ser posthumano será en sí mismo un artilugio, una suerte de cyborg con telepatía de banda ancha . No explica Cordeiro cómo será esta conexión a ese cerebro colectivo; pero podemos imaginar que podría realizarse mediante la ingesta de alguna pastillita, o incluso mediante algún tatuaje en nuestra piel (¿la marca de la Bestia?) que nos mantenga perpetuamente conectados.

La visión, por supuesto, carece de originalidad. En la película Alien había una especie de nodriza alienígena que coordinaba las acciones de sus vástagos; y que, una vez aniquilada, los dejaba a todos hechos papilla. También en Matrix los humanos vivían encerrados en una placenta desde la que soñaban una realidad virtual suministrada por una monstruosa inteligencia artificial. Es lo que en ciencia-ficción suele denominarse mente colmena , inspirándose en los comportamientos de abejas y hormigas, que parecen regirse según automatismos coordinados por la reina del enjambre u hormiguero. Pero lo que en la ciencia-ficción es presentado con tintes sombríos el gurú Cordeiro lo presentaba con alborozo, como si se tratase de un remedio liberador que expandirá nuestra inteligencia hasta límites insospechados. Naturalmente, todo lo que Cordeiro dice es una cháchara euforizante que trata de ocultar la verdadera finalidad de toda mente colmena , que no es otra sino alcanzar un mayor grado de control y sometimiento social, hasta infestar de sombra nuestras almas. Las revoluciones tecnológicas siempre prometen a sus adeptos mayor libertad de movimiento o de pensamiento, para a la postre imponerles conductas más gregarias. Ocurrió durante la revolución industrial, que favoreció las formas de vida masificada; y ocurre ahora con la revolución tecnológica, que promete al hombre nuevos horizontes mentales para entregarlo al pensamiento inerte, mediante la adhesión a la alfalfa que se le suministra por interné. A la postre, la tecnología siempre tiende a disolver los vínculos verdaderos que mantenían cohesionadas y avizor a las comunidades humanas y los sustituye por hipervínculos que, a la vez que favorecen la disgregación, fomentan el pensamiento modorro y en serie. Cuando uno compra un coche, piensa que lo hace para poderse mover con mayor libertad, pero lo cierto es que siempre termina metido en un atasco; cuando uno abre una cuenta en Twitter lo hace pensando que podrá expresar pensamientos originales, pero lo cierto es que acaba regurgitando las majaderías que el sistema quiere convertir en trending topic.

El retuiteo sería la expresión más elemental de esta nueva forma de alienación colectiva. Pero la mente colmena que profetiza Cordeiro posee otras muchas formas todavía rudimentarias de intromisión que nos incitan a sustituir nuestra vida real por una vida apócrifa, conectados a nuestros insulsos amigos virtuales, guasapeando compulsivamente mientras dejamos de escuchar a quien nos habla, sobresaltados a cada poco por aplicaciones informáticas que nos alertan de las chuminadas más variopintas a la vez que nos alejan de las cosas verdaderamente importantes que suceden en nuestro derredor, invadidos por una avalancha de pornografía que ha embotado nuestros afectos, nutridos a través de búsquedas apresuradas en Google de conocimientos impostados que no dejan huella en nuestra mente, convertida ya en un estercolero o hangar atestado de trastos inservibles, sin sitio para la meditación o el estudio. Suele decirse de forma cándida que la tecnología es neutral, tan sólo un instrumento del que podemos hacer el uso que deseemos; pero la tecnología siempre modifica de forma sutil y a la vez profunda nuestra conducta, nuestra forma de pensar, nuestras relaciones personales.  

Los efectos prodigiosos de esa mente colmena ya los había probado aquel endemoniado del Evangelio que afirmaba. Mi nombre es Legión . También él estaba conectado por telepatía de banda ancha a un organismo mayor, un cerebro planetario que le había confiscado el alma.