Una noche en Cali; otra en Madrid

Rondaba el fin del año 2000. Colombia, por aquel entonces, abría la esperanza a algún tipo de pacificación (tres guerrillas más narcotráfico) mediante algunas iniciativas del presidente Andrés Pastrana, que, por cierto, no acabaron de fructificar, pero iniciaron un camino que ha llevado a ese gran país a un momento lleno de posibilidades de futuro. Andaba yo unos días por Cali, vaya usted a saber por qué, tercera ciudad del país y centro económico e industrial de singular importancia en Colombia. Siempre viajo con una pequeña radio -incluso ahora que no hace falta- para escuchar las radios locales de allá donde voy, con la idea de aprender siempre algo. En aquel país se hace una radio excelente y tenía curiosidad por escuchar tanto informativos como programas de entretenimiento. Era de noche, apagué la luz de la mesilla y prendí el transistor -el receptor más bien-. el conductor del programa local desarrolló los asuntos más importantes del día, dio paso a titulares y todo transcurría con normalidad hasta que la noticia número trece o catorce fue leída con la misma intensidad que la anterior, que hacía referencia a unas exportaciones a no sé dónde. Textualmente decía. Ayer, dieciséis muertos por violencia en la ciudad de Cali . La siguiente tenía que ver con los resultados del equipo local en la liga nacional. Me quedé perplejo. ¿Dieciséis muertos en una ciudad es una noticia más de las muchas que pueden darse de corrillo? ¿Pero yo dónde estaba? No tardé demasiado en comprender que la violencia común era plato de cada día en cualquier ciudad colombiana, como hoy ocurre en su vecina Venezuela, país que cuenta los muertos diarios por decenas. Pensé inmediatamente en una correlación con nuestro país. Si en una ciudad como Valencia, por ejemplo, se produjesen dieciséis muertes en un solo día por hechos violentos relacionados con la delincuencia común, me da la sensación de que no ocuparía el titular decimotercero de un informativo. Es más, no me cuesta creer que resultaría un problema político de primer orden para las autoridades encargadas de custodiar el orden. En ese momento, en cambio, esa era la tónica habitual en las calles de las principales ciudades colombianas. Cosa que, por cierto, está cambiando. Bogotá no es la ciudad pánico que en su día fue, ni mucho menos. Ahora lo es Caracas.

Sin embargo, leyendo la pasada semana la crónica de sucesos, algo me hizo recordar aquella noche en Cali. En una sola noche en Madrid, la Policía tuvo que emplearse a fondo para evitar que un grupo de jóvenes dominicanos del barrio de Tetuán machacaran con palos y cuchillos a unos policías de paisano a los que hirieron de consideración, mientras que una pelea entre bandas latinas rivales tuvo en jaque a los responsables de seguridad ciudadana a lo largo de unas horas en las que falleció un joven apuñalado por un rival. Aún no podemos colegir que los delincuentes se están haciendo con las calles, ni mucho menos, pero sí que un estilo de vida propio de otros lares se está imponiendo entre jóvenes que, probablemente, incluso hasta ya han nacido en España. No hay que pensar que la violencia viene importada de América. un individuo español y tres acompañantes asesinaron a un guardia civil que procedía a someterles a un control de alcoholemia. En Barbastro. Al meter los brazos ventanilla adentro, los delincuentes le sujetaron y arrancaron el coche, arrastrándole unos cuatrocientos metros. El cabecilla tiene diecisiete años, no tenía carné y conducía borracho y drogado. Posiblemente fuera un coche robado. A tal sujeto, por más que le culpen de asesinato, no le pasará gran cosa. esa mierda de Ley del Menor le meterá unos días en un reformatorio y luego le dirá que no lo haga más. Son hechos graves, indudablemente graves; pero la gravedad se haría aún más dramática si estos sucesos los hubiésemos narrado en decimotercer lugar. Afortunadamente aún no es así, pero habría que velar por darnos cuenta de que no podemos aceptar como habituales hechos que jamás deberán serlo.