La feria de Colau

Creemos que hemos llegado al borde de todas las decadencias políticas y no nos damos cuenta de que siempre se puede dar un paso al frente, hacia cualquier abismo, hacia el empeoramiento inesperado. La siempre exquisita ciudad de Barcelona es un ejemplo de ello. No es el único, evidentemente, pero está muy acusado el sendero descendente hacia el declive más insospechado. Barcelona siempre parece hacerte el favor de legitimarte, bien seas visitante o nuevo poblador. la pátina de ciudad ‘diferente’, amiga de la modernidad, trazada por diseños que no están al alcance del resto de las urbes españolas -siempre tan pueblerinas-, tocada por el aire cool de la mejor Europa, tan young, tan chilly, tan nippy, tan level-headed A la Barcelona que bien conocemos quienes hemos morado en ella, le ha caído como un anillo al dedo su alcaldesa, una pobre ignorante sin oficio ni beneficio elegida por sus conciudadanos como un ejercicio más de ensimismamiento en la frivolidad de creerse la caricatura en la que se ha convertido. Ada Colau, una payasa callejera con ínfulas de justiciera finisecular, está quemando etapas a diario para acabar de hacer de Barcelona lo que tantos barceloneses marginales han soñado y tantos otros se merecen por haber abandonado la decente costumbre de pelear por la sensatez. Presa de un terrible complejo políticamente correcto, Barcelona está viendo cómo una tipa extraída de lo peor de sus contradicciones como ciudad va, finalmente, a momificar la urbe. De momento va consiguiendo que determinados negocios que detesta caminen más cerca de la ruina que de la rentabilidad, que acaben cerrando los hoteles, que los okupas campen a sus anchas, que los vendedores ilegales se sientan con más derechos que El Corte Inglés, que los católicos salgan a la calle sinceramente ofendidos y que todo resentimiento sea poco menos que un pasaporte para ejercer la política, grande o pequeña. Colau es de ese género cretino que considera que su gran trabajo estriba en convertir su ciudad en un perfecto ejemplo de la antipatía. No se entiende de otra manera que hace un par de semanas, con motivo de la Feria de Enseñanza, se dirigiera de forma desabrida e improcedente a dos militares que pretendían saludarla. Es ya sabido -este tipo de heroicidades estúpidas acaban siendo muy difundidas- que la muchacha les dijo a los militares que si por ella fuera no estarían allí, ya que aquello era un salón para enseñar y no un lugar para las armas. Los militares recogieron velas y se volvieron a su estand, mientras que la tipa en cuestión siguió su recorrido peronista por la sala. El Ejército estaba en esa feria, como es sabido, a consecuencia de las muchas oportunidades que ofrece a jóvenes de ambos sexos en forma de cursos y puestos de trabajo. La alcaldesa, que es una indocumentada feroz y una sectaria cercana a la náusea, prefiere ignorar lo que los ejércitos españoles ofrecen a la juventud, en forma de puestos de trabajo, sueldos y formación. Para eso, de hecho, estaban allí. Al hacerlo y al evidenciarlo con cámaras delante, la sujeta consiguió precisamente que se produjese el efecto contrario. auténtico zafarrancho, cercano al colapso. Los jóvenes barceloneses acudieron en aluvión a comprobar qué era aquello que tanto detestaba su alcaldesa y que podía ofrecerle algún tipo de salida a su situación incierta.

Muchos de los que allí acudieron hoy estarán sopesando seriamente la posibilidad de alistarse en una de las instituciones más prestigiosas del Estado, donde trabajarán duro, ganarán un sueldo digno, aprenderán valores civiles y militares nada despreciables y manejarán los rudimentos de alguna profesión que en el futuro les podrá significar una salida. De no ser por la estúpida intervención de su alcaldesa, muchos de ellos no se hubieran percatado de la existencia de ese estand. Con lo que hay que considerar que, en ocasiones, una necia con altavoz puede ser socialmente muy rentable. En dicho evento, es evidente que los militares pusieron la educación y la alcaldesa puso la feria. Y así le va a cada uno.