Deporte ‘fashion’

Mis hijos no idolatran a futbolistas de los que más pasiones inspiran, como CR7 o Messi. El mayor eligió a Modric porque es tocayo suyo (por Luca, no por Modric) y, partiendo de esa casualidad, su devoción alcanzó cotas tales que una vez le dije que había visto a Modric cruzando una calle y, siete horas después, me hizo ir a ese mismo semáforo por si acaso Modric seguía ahí. Si fuera Isco, a lo mejor continuaría cruzando, pero Modric es rápido, decide y pasa, ya se habrá ido .

La idolatría del segundo tiene un origen más casual. Su futbolista es Kroos desde que lo llevé a la tienda del Bernabéu a comprarle una equipación y, al escoger nombre para estampárselo en la espalda, descubrimos que aún no tenía un favorito oficial y apenas disponía de unos segundos para tan trascendental decisión. La tomé yo después de averiguar que, al hacer el estampado, cobran por letras. Por lo cual no era cuestión de que empezara a idolatrar a un Jeremías de Guzmán y Biznagas, sino a un futbolista de nombre corto e incluso monosilábico. Kroos. A ti te mola Kroos. Y todavía le discutí al empleado si estaba seguro de que Kroos se escribía con dos oes, porque ello me costaría unos euros más. Mi tacañería ha sido la causante de una bella historia de admiración, de momento no recíproca, entre Kroos y mi hijo segundo, que me pregunta si está saliendo en la tele cada vez que la ve encendida, aunque estén dando el parte meteorológico.

Mi tacañería tiene un eximente. la ropa deportiva es cara, y ha alcanzado una importancia en cuanto a concepto de moda que nunca dejará de sorprender a alguien de mi generación. Los runners más o menos fashion salen a correr llevando encima más dinero que el que antaño invertíamos en una Nochevieja o una boda. Y encima tienen que ir conjuntaditos y con un dispositivo en el brazo para insertar el iPod. Lo hablábamos el otro día en el boxeo. La comba del precalentamiento es como un mentidero en el que hablamos de todo y nos cruzamos chanzas y desafíos. El otro día le afeamos a uno su vestimenta. chándal pijamero roído, unas zapatillas vetustas que igual eran de marca Paredes y una camiseta como de Congelados Menéndez. A su alrededor había gente muy maqueada de púgil. Lonsdale, Everlast, botas, sudaderas con las mangas recortadas, en fin, la versión boxística del runner que antes de salir a correr comprueba en el espejo si está mono. Bueno, pues el de la camiseta de Congelados Menéndez fue el que nos hizo notar que éramos todos, como absurdos fashion victims de gimnasio, los esclavos de un mercado que nos hace pagar por una necesidad que no sabíamos que teníamos. Porque, cuando éramos jóvenes, a hacer deporte se iba con la ropa más vieja y desastrosa que hubiera en casa, la que no importara romper o manchar, la que podía ir directamente a la basura, cosa que no puede hacerse con una de esas piezas con capucha de Nike, con una tela impermeable probada por la NASA o poco menos, por la que te cascan de doscientos euros para arriba. ¡Para correr por un parque!

A los veinte años, íbamos al gimnasio con la camiseta de los Congelados Menéndez. Pero ahora, para ir a entrenar a la última, hay que hacer una inversión que ni Gambardella en sastres. ¿Qué ha ocurrido? Yo creo que lo que ha pasado es que el advenimiento de los clubes sofisticados de deporte, de los gimnasios para urbanitas, que en Madrid tampoco es de hace tanto tiempo -aún recuerdo cuando aquí se denostaba el deporte y a quien lo practicaba-, ha convertido esos lugares en un ámbito de exposición social y de ligue. En un lugar que casi sustituye a los bares para conocer gente que convenga profesionalmente y para conseguir números de teléfonos con posibilidades sexuales. Eso descarta, claro, la camiseta de Congelados Menéndez y obliga a un fondo de armario como el de ir a la discoteca. Ahora pueden preguntarse por qué pasa también en un gimnasio de boxeo en el que sólo hay mastuerzos que saltan a la comba antes de liarse a piñas, porque yo me lo estoy preguntando.