Pícaros y criminales

La repercusión mediática lograda por la detención de los dirigentes de Ausbanc y Manos Limpias, acusados de extorsión, nos sirve para ilustrar el grado de despiste que puede alcanzarse en las sociedades de masas. A nadie se le escapa que estas dos asociaciones, al parecer capitaneadas por pícaros (a los que medios de adoctrinamiento de masas califican machaconamente de ultraderechistas , como si en la caracterización de un pícaro importase mucho su ideología), habían pisado en los últimos años callos demasiado delicados, presentándose como acusación particular en procesos que han levantado gran polvareda mediática (desde los chanchullos de la Junta de Andalucía hasta las tarjetitas negroides de Caja Madrid, pasando por los enjuagues de Génova), para acabar con un órdago tal vez demasiado atrevido, al llevar al banquillo a un miembro de la familia real y poner en jaque a la banca con sus demandas contra la inicua ‘cláusula suelo’ de los préstamos hipotecarios.

Pues bien, ahora se descubre que tan activos litigantes no lo hacían movidos por el altruismo o por aversión a los gerifaltes corruptos que tanto abundan, sino por pillería, para chantajear a los gerifaltes en cuestión, a los que amenazaban con denuncias si no se resignaban a apoquinar. De inmediato, los pillos (¡y ultraderechistas!) se han convertido en la atracción principal de los telediarios y en los protagonistas indiscutibles de la prensa, que ha aparcado con diligencia unánime otros latrocinios infinitamente más gruesos perpetrados, a costa del erario público, por chorizos de los más diversos pelajes ideológicos (¡salvo ultraderechistas, jolines!). No repetiremos el archisabido tópico que califica las detenciones de estos pícaros de ‘cortinas de humo’. Tampoco aduciremos que, como reza la sabiduría popular (tan vilipendiada hoy, por sabiduría y por popular), quien roba a un ladrón, merece cien años de perdón . Resaltaremos, en cambio, un hecho gigantesco que el estruendo mediático vela. estos pícaros siempre amenazaban a personas e instituciones (a veces muy poderosas) con airear sus porquerías ocultas; de donde se deduce que quienes accedían a pagar era porque tenían más porquería encima que los establos de Augias (pues quien está limpio nunca cede a la extorsión). El método empleado por estos pillos era, en fin, el mismo que la prensa ‘sobre-cogedora’ ha desarrollado desde que el mundo es mundo; un método que se divulgó sobremanera en el Madrid brillante y hambriento retratado por Valle-Inclán (donde llegó a haber decenas de periódicos dedicados al chantaje) y que sospecho que hoy ha alcanzado un nuevo auge (disfrazado de contratos publicitarios), con la multiplicación de chiringuitos digitales lampantes.

Nos hallamos, en fin, ante el mismo método que empleaban los protagonistas de nuestras novelas picarescas, consistente en llevarse mediante ardides ingeniosos unas migajillas de la hogaza que los poderosos se zampan, como hacía el Lazarillo con aquellos bodigos que el cabrón de su amo escondía en un arca. Pero aquellas novelas picarescas no fueron escritas para poner en la picota a los pícaros que se ganaban la vida sableando a los poderosos, sino para que a partir de sus fechorías y veniales latrocinios el lector, a la vez que se reía, posara la atención y la inteligencia en los latrocinios mortales que los poderosos perpetraban impunemente. De algún modo, aquellas novelas picarescas de nuestro Siglo de Oro, a la vez que aguzaban el ingenio de sus autores (que de este modo conseguían señalar y censurar la rapacidad de los poderosos haciendo como que señalaban y censuraban las triquiñuelas de los pícaros), servían para despertar a sus avispados lectores. En nuestra época ocurre exactamente lo contrario. las migajas que los pícaros se llevan del banquete de los poderosos no sirven para que el cretinismo ambiental despierte y repare en el banquete que los poderosos se están pegando impunemente, sino que se convierten en la carnaza que se arroja para distraer nuestra atención del banquete, en el trapo rojo que se ondea ante el toro para que su fuerza bruta no repare en la estocada que, mientras embiste, le van a asestar. El pícaro, que en el Siglo de Oro despertaba simpatías porque ayudaba a desnudar la avaricia del auténtico criminal, se ha convertido hogaño en el espantapájaros que una junta de criminales utiliza para distraer de sus rapiñas la atención de las víctimas.

Pero es que estos pícaros de hogaño son unos ultraderechistas tremendos. ¡Y eso es lo que no se puede consentir! , exclama el hombre de nuestro tiempo, indignadísimo, mientras paga religiosamente los intereses de su ‘cláusula suelo’.