Soñar en español

PEQUEÑAS INFAMIAS

“Hablo italiano con los embajadores, francés con las mujeres, alemán con los soldados, inglés con los caballos y español con Dios”.

Esto decía Carlos V, señor del imperio más grande que se ha conocido, aquel en el que nunca se ponía el sol. Desde entonces, de Filipinas a las colonias de África y de la Patagonia a la Alta California, o bien se sigue hablando el idioma con el que él decía dirigirse a Dios, o su rastro persiste listo para germinar de nuevo. Como ocurre en los Estados Unidos, por ejemplo. El fenómeno del español en este país es una de las historias más hermosas que conozco. Hubo un tiempo en que nada menos que dos tercios de su territorio pertenecían a la corona española. Vinieron luego los vendavales históricos que todos conocemos, el español desapareció por completo de su territorio y sin embargo ahora, siglos más tarde, se estima que más de cincuenta millones de personas hablan nuestra lengua, siendo los ‘latinos’ la minoría más grande y también la más influyente.

La comunidad hispanohablante suele mantener su idioma hasta la segunda generación, perdiéndose luego por el obvio deseo de toda minoría de integrarse en la sociedad que la ha acogido. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, se acrecienta un nuevo y fascinante fenómeno. Es lo que ahí llaman heritage pride o, lo que es lo mismo, un orgullo de sus orígenes por el que esos hijos de hispanos ya integrados eligen emprender una vuelta a la cultura de sus padres. ¿A qué se debe? ¿Qué hace que el español se hable ahora corrientemente en ciudades como Miami o Nueva York?

La respuesta está en una palabra aparentemente tan banal como ‘moda’. En efecto, el español está de moda en el mundo y yo creo que en gran medida se debe a otro lenguaje universal que hace latir al unísono todos los corazones. la música. Sones, guarachas y merengues, tangos y vallenatos han hecho volver a sus orígenes a toda una generación de latinos que se educó en inglés pero que ahora sueña en español. “En el principio fue el verbo”, dice el Génesis, y sin embargo se sabe, porque así lo atestiguan los instrumentos musicales más antiguos que se han encontrado, que mucho antes de que el hombre articulara una sola palabra se comunicaba ya a través de la más perfecta lengua franca que se conoce, la música. Tal vez ustedes recuerden la película La misión y su comienzo, en el que un misionero que, armado únicamente con un oboe, logra ganarse la confianza de un grupo de nativos que lo observan con no muy buenas intenciones. Años más tarde, y siempre con la música por cómplice, nativos y misioneros crearían una de las experiencias de igualdad social y convivencia más interesantes y vanguardistas que se conocen en la Historia, las llamadas ‘reducciones’. Por eso no es raro que también ahora ella sea una vez más la que tienda puentes y abra caminos como en tiempos lo hicieron los adelantados y misioneros que llegaron a América.

Es interesante ver cómo, tantos siglos más tarde, la misma lengua franca de la música que nos acercó cuando aún no hablábamos el mismo lenguaje ha propiciado que tanto norteamericanos como personas del mundo entero se interesen por aprender nuestro idioma, convirtiéndolo en el más solicitado por los estudiantes después del inglés. Quién sabe, tal vez aquella frase de Carlos V de que él usaba nuestra lengua para hablar con Dios ahora podría acuñarse de otro modo. Existen lenguas más adecuadas para transacciones económicas, para el politiqueo o para la guerra, pero para disfrutar de la vida, para comunicarse y para soñar no hay nada como hacerlo en español. Y me parece bueno recordarlo ahora que ya han pasado los fastos del centenario de la muerte de Cervantes. Las efemérides son efímeras y aún queda mucho por soñar.