Zavalita y las feministas

PEQUEÑAS INFAMIAS

«El viernes es la fiesta de fin de curso, cada madre traerá algo para la merienda. Por supuesto tú puedes aportar una tarta que compres por ahí en vez de algo casero, como estás tan ocupada…». Este diálogo, sacado de una película de Anne Hathaway, resume un hecho nuevo y nada tranquilizador: el regreso, a través de la moda de lo natural y ecológico, de ciertos roles femeninos más ancestrales y retrógrados. Esta otra escena la viví hace unos meses. En un vuelo transatlántico me tocó al lado una mamá joven, muy guapa y con estudios universitarios, que viajaba con su hijo de dos años. Ante mi sorpresa, llegada la hora empezó a dar de mamar al retoño después de que este, hablando como un catedrático, solicitara el servicio de comedor. No seré yo quien se mese los cabellos ante las madres que reclaman su derecho a alimentar a sus hijos cómo y cuándo les plazca, allá cada cual con su particular afán de protagonismo, por no decir exhibicionismo. Pero ¿es compatible con una vida profesional amamantar niños hasta esa edad? Tampoco parece muy compatible con el trabajo lo que propugnan las muy progresistas ‘miembras’ de la CUP. Ellas desean que los centros de salud promuevan «métodos alternativos de recoger el sangrado menstrual» a los caros y poco ecológicos tampones y compresas. Para ello abogan por el sangrado libre (sic) y la utilización de esponjas marinas (sic también). Otro tema a debate hoy en día es el parto en casa. ¿Para qué ir a un hospital si se puede parir igual en el colchón de casa, como sacraliza un conocido anuncio de televisión? Por supuesto, y una vez más, parir con dolor es una opción, pero no parece precisamente “moderno” anteponer la intimidad a la seguridad o considerar irrelevante la contribución del parto hospitalario a la hora de reducir la mortalidad materno-infantil. Mención aparte merece la terrible lacra de la violencia de género. Podría uno pensar que tales conductas son secuelas del pasado, de una educación machista y, por tanto, ajena a generaciones más jóvenes. Las estadísticas dicen lo contrario. El 80 por ciento de los adolescentes dice conocer actos de violencia en parejas de su edad, mientras que más de la mitad de las víctimas no identifica la violencia machista. «Me controla porque me quiere» o «solo quiere protegerme» son los argumentos más habituales. Quizá lo más inquietante de estas nuevas conductas femeninas es que muchas de ellas germinan y crecen florecientes abonadas por la culpa. ¿Soy una mala madre porque no hago tartas caseras y compro el disfraz del niño en un chino en vez de coserlo primorosamente con mis manos? ¿Y si no lo amamanto hasta que tenga dientes? ¿Y si no paro con dolor? ¿Y si estropeo el medioambiente con mis tampones y compresas? El gran engañabobos de estas nuevas conductas neomujeriles es que cuentan con la coartada de la vida natural y ecológica. ¿En qué momento las mujeres que tanto luchamos por la igualdad levantamos la guardia y evitamos ver que, llevadas al extremo, teorías como estas pueden acabar devolviéndonos a viejos roles femeniles? Una vuelta a «en casa y con la pata quebrada» y sin que nadie nos obligue, además. ¿En qué momento empezamos a caer en la trampa, en qué momento, y parafraseando Conversación en la catedral, se nos jodió el feminismo, Zavalita? No quiero ponerme lúgubre, pero hay más indicadores pesimistas al respecto y todos están relacionados con nuestro inveterado sentido de la culpa, que es mucho más acusado que el masculino, y que remite inexorable a nuestro rol como madres. No en vano, y esta es otra evidencia, cada año se licencian más mujeres universitarias que hombres y con mejores notas. Nuestros primeros años como profesionales son brillantes, pero cuando el reloj biológico comienza a hacer tictac, se acabó puesto de relumbrón y sueldo espléndido, la maternidad es lo primero. Y lo es, pero tampoco hace falta inmolarse en su pira. La vida moderna permite compatibilizar trabajo y familia.

Caer en viejos tics gracias a nuevas modas pseudoprogresistas es completamente imbécil. Suerte que soy mujer y lo puedo decir. Si este artículo lo hubiera escrito un hombre, ahora mismo lo estarían crucificando esas mismas feministas que propugnan el sangrado libre y la lactancia hasta los tres años.