Tragos modernos

CORNER NEUTRAL

Soy un bebedor clásico y austero. Casi de western, de descorchar la botella de Tennessee con los dientes. Tengo un certificado firmado por tres parroquianos borrachos del bar del Boni que demuestra que fui el primer español en detestar los gin-tonics frutales, retóricos, adornados como el tocado de Carmen Miranda. Un trago no puede contener tantos elementos de la dieta mediterránea. Un trago no puede ser un canto hortelano de Murcia, qué hermosa eres. Estuve en restaurantes en los que, para preparar el gin-tonic, el camarero necesitaba una mesa auxiliar en la que desplegaba más instrumental que para operar de apendicitis.

En mis singladuras, me he llevado grandes disgustos relacionados con la degeneración del trago a manos de alquimistas modernetes. Una vez, en la primera fiesta del verano, choqué con la revelación de que, esa temporada, el vodka se serviría con «textura» de gelatina. No se trataba de beberlo, sino de comerlo con cuchara, como un postre de hospital o de asilo. No sé ni cómo volví a salir de casa después de eso. Luego me dicen que soy antipático y asocial para lo mundano, pero es que ahí fuera hay gente malvada que convierte el alcohol en gelatina. ¿Qué es lo siguiente? ¿Guardar cabezas humanas en la nevera?

Nunca comprobé si esto era verdad, pero me contaron que en un restaurante vanguardista el vino te lo inyectaba en la boca el sumiller. Cuando a él le daba la gana. Como si se tratara de la dosis de la metadona. Bastante difícil es mantener una conversación en esos restaurantes en los que cada plato trae un prólogo explicativo más complicado que la pizarra de Guardiola esos restaurantes en los que el restaurante es más importante que tú, y has de someterte como para que encima de repente aparezca un señor y te humille levantándote la barbilla e inoculándote la dosis de vino que corresponde al momento. Ya puestos, también podrían masticarte la comida y escupírtela en la boca, como las hembras ovíparas con sus polluelos. Si te llevaste a cenar a una mujer con la esperanza de copular después con ella, es difícil que lo consigas, porque, después de pasar por el trato del sumiller, no te verá como a un hombre.

Lo último que me ha pasado, esta misma temporada ya, también fue en ambientes fashion. no escarmiento. A ver si me acuerdo de beber sólo en el saloon de Tombstone junto a un tísico tosiendo. En esos restaurantes modernos, elogiados y premiados puedo soportar la insignificancia de las raciones, así como la condescendencia y la mala educación con la que a veces te tratan los camareros. insisto, el restaurante es más importante que el cliente, y eso es algo que el restaurante recuerda constantemente al cliente para que no se crezca. Lo que no puedo soportar es pedir un cóctel y que me lo traigan en una bolsita de plástico con una paja clavada. ¿Pero esto qué es? Había pedido un Pimm s que, por el color, y metido en esa bolsita, parecía que me iba a beber un análisis de orina.

Mi compañero de mesa pidió un trago rojo que parecía una bolsa de hemoglobina robada durante un trasplante. el cóctel favorito de Drácula. Ahí alrededor había un montón de gente bebiendo de una bolsa, sin atreverse a pedir el sagrado tacto con el cristal y las hechuras adecuadas de la copa, porque eran víctimas de su rendición a las tendencias y creían que protestar los convertiría en unos reaccionarios nada cool.

Creo que ésa es una de las claves del éxito de muchos charlatanes, en la gastronomía como en el arte, la literatura y la política. colocará siempre cualquier idea, por disparatada que sea, si logra convencer de que él es quien reparte credenciales de modernidad y, si alguien no lo entiende, el problema es suyo por facha y por bruto. Todos estos pensamientos se cruzan por la cabeza de uno cuando ve llegar al sumiller con la inyección en la mano, como un científico loco que fuera a inocularnos el tifus, y en vez de sacarlo cagando abrimos la boquita, entregados y suplicando que nos expidan el certificado de moderno.