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Pequeñas infamias

Tal como era de esperar, casi me linchan por mi anterior artículo Zabalita y las feministas. En él me preguntaba por qué mujeres jóvenes que no han tenido que vérselas con el machismo ancestral contra el que luchamos las de mi edad exageraban ciertos roles femeninos.

¿Es mejor madre la que amamanta a sus hijos hasta los dos años que la que lo hace durante tres o cuatro meses? ¿Es más admirable la que sacrifica su vida laboral por hacerlo que la que no tiene más remedio que dejarlos en una guardería para traer dinero a casa? ¿Es más ‘femenino’ quizá dar a luz en el domicilio que hacerlo en un hospital? ¿Y lo es también prescindir de compresas sanitarias y tampones y decantarse por el sangrado libre, lo que imagino obligará a pasar esos días sin salir de casa?

Por hacerme estas preguntas, me han llamado de todo menos bonita. Con respecto a la lactancia hasta los dos años, varias de estas damas furibundas llegaron a decir que seguramente mis hijas no eran mujeres del todo normales por no haberlas amamantado hasta que correteaban por ahí. Otras directamente suponían que nunca les había dado el pecho (falso, por cierto) y/o que habría pagado a un ama de cría (sic) como las marquesonas del siglo XVIII. Incluso hubo una muy enfadada que, para afear mi falta de sensibilidad sobre el asunto, explicó que ella no podía tener hijos, por lo que se vio obligada a adoptar, pero, como no quiso perderse el periodo de lactancia, durante meses se dedicó a estimular mecánicamente sus mamas hasta producirse leche. Yo ya no me sorprendo de (casi) nada y tampoco me tomo mal las críticas.

Al contrario, aprendo mucho de ellas y leo todas las que me llegan, lo que me ha permitido ver aspectos interesantes en los que no había reparado. Lo que sí me llama la atención, e incluso me entristece, es ver cómo se cumple inexorablemente aquello que decía Ortega y Gasset de que la gente, cuando argumenta, sobre todo en Internet en este caso, tiende a coger el rábano por las hojas. En otras palabras, a sacar las cosas de contexto, a tomar la parte por el todo y a hacer silogismos tramposos como «Carmen Posadas critica la lactancia hasta los dos años; la lactancia es buena y, por tanto, cuanto más larga, mejor; ergo Carmen Posadas es machista».

Nada de esto tendría demasiada importancia si no fuera porque esta forma de argumentar reduccionista y elemental es la que se está instaurando. Yo no sé si será debido a que nos estamos ‘twitteranizando’, es decir, acostumbrándonos a explicar nuestro parecer en forma de píldoras de no más de ciento cuarenta caracteres. Y eso está muy bien cuando uno quiere dar una información o compartir una alegría o una preocupación, pero no cuando lo que se desea es argumentar. Y a mi modo de ver no lo es porque se cae con suma facilidad en simplificarlo todo, en reducir la realidad a blanco-negro, bueno-malo, derecha-izquierda y a «el que no está conmigo está contra mí».

Como la gente escribe para los que son de su cuerda, descarta cualquier argumento que cuestione mínimamente esa fe en la que se ha instalado a priori y, como los que la leen son sus devotos, asienten sin pararse a pensar que para cada cuestión hay varios enfoques y que no es malo sino, al contrario, mucho más enriquecedor leer lo que opinan los que no son de su fe, lo que abre nuevas perspectivas. Por eso, me ha interesado mucho leer las críticas infinitas que he recibido.

Sigo pensando que no hay ninguna necesidad de amamantar niños hasta los dos años y que las recomendaciones de la OMS en ese sentido se refieren a países en los que reinan la hambruna y las enfermedades. También sigo creyendo que las mujeres que eligen combinar su vida personal con la profesional no son peores madres que las que eligen quedarse en casa para ocuparse de sus hijos en exclusiva.

Estoy segura además de que a casi todas les gustaría poder hacerlo, pero necesitan trabajar, una eventualidad que no parecen contemplar mis detractoras, que por lo visto tienen la suerte de poder teletrabajar desde casa, lo que no deja de ser una posibilidad al alcance de unas pocas privilegiadas. Pero, dicho esto, también he aprendido mucho de sus críticas. Gracias, por tanto, a todas. A las que me han puesto a escurrir y a las que me han abierto los ojos.