Sueños de verano

REINOS DE HUMO

En cuanto asoma el verano me relamo pensando en las cadenas tróficas marinas. Luz intensa y sales minerales que engordan el fitoplancton y lo convierten en una sopa riquísima de las que se alimentará el zooplancton.

Estos microorganismos, que además producen el cincuenta por ciento del oxígeno molecular necesario para la vida terrestre, serán a su vez el alimento favorito de las sardinas y de los Engraulis encrasicolus (permítanme la boutade científica porque en cada rincón de nuestras costas se le conoce con un nombre distinto: boquerón, bocarte, anchoa europea o aladroque).

Y ahí ya comienza la parte de la cadena realmente interesante para los sapiens, aunque si usted es de gustos amplios podría empezar a darle a la mandíbula en el paso anterior, paladeando un poco de fitoplancton -a tres mil euros el kilo- tal y como nos enseñó el chef Ángel León.

Sin gastar tanto se puede uno proveer de un kilo de sardinas -todavía no en el esplendor que alcanzarán en pleno estío- pero ya con esa leve capa de grasa bajo su piel que se convertirá en el más delicioso manjar marino en cuanto sea rozada por la sal o el humo.

Sueño ya con esas sardinas del alba, pescadas justo antes de que amanezca, tersas y lozanas, como una actriz de Cineccitá. Y mientras me relamo imaginariamente levanto la vista para ver si detrás de los bancos plateados llegan ya los bonitos, sus altezas reales del Cantábrico.

E invoco de nuevo en mi paladar la textura de su ventresca blanca y perlada de sabores untuosos y el de su cogote en marmita con verduras y patatas. Saciado y feliz reflexiono sobre la suerte que tenemos siendo el último eslabón de esa cadena trófica. Y me dejo llevar arrobado por Morfeo en la siesta más azul.