En la palabra

REINOS DE HUMO

Algún historiador del futuro explicará el siglo XXI como aquel en el que el número se enfrentó a muerte con la palabra. Aún no sabemos si finalmente podrá con ella y la convertirá en una herramienta inútil para explicar el mundo, pero a poco que miremos con atención a nuestro alrededor percibiremos las escaramuzas de esa batalla silente en la que el bit muerde a la sílaba en la garganta y la deja muda.

El ranking y el porcentaje son especies invasoras que desplazan a la metáfora cual pájaro dodo que no sabe defenderse del hombre ni de las ratas que llegaron en su barco.

Apenas quedan disciplinas en donde no se corte el bacalao a golpe de celdas (con sus reminiscencias carcelarias) y su hoja de Excel.

Gracias a Dios, nuestra querida cocina, hija del hambre y hermana de la emoción, pertenece aún al antiquísimo reino de la palabra. Por más que los ingredientes se pesen en gramos, las cosas del comer y del beber precisan de los sentimientos, los recuerdos y las asociaciones mentales -de todas las manifestaciones más humanas- para poder ser transmitidas y viajan de nuestra mente hasta las cuerdas vocales para convertirlas en palabras.

La magia surge del abracadabra pata de cabra, no del militar 1,2,1,2. Es bello y contrainsurgente imaginar una cuadra y pronunciar la palabra que la evoca para explicar la profundidad retronasal de un queso. Sentir la dulcedumbre en el interior de una copa de vino o la seda marina en una salsa verde que al tocar el paladar te transporta a los nueve años.