Las segundas oportunidades

Animales de compañía

Siempre pedimos (a la Providencia los creyentes; al azar los escépticos) que la vida nos conceda segundas oportunidades para reparar nuestros errores del pasado. Y el caso es que la vida nos las concede; sólo que nosotros somos tan tercos que las dejamos pasar ante nuestras narices sin darnos cuenta.

Hace unos meses coincidí en un sarao con un hombre menudo, de mirada irónica y astuta, que me asaltó y me preguntó si lo recordaba. Su fisonomía me resultaba muy familiar, pero (como otras muchas veces me ocurre, para mi bochorno) fui incapaz de ubicarla, entre la turbamulta de recuerdos que guardo sin ordenar en el desván de la memoria. Ante mis dubitaciones, el hombre se presentó muy delicadamente.

Era el poeta y crítico José Luis García Martín, director de la revista literaria Clarín, en la que estrené mis primeras armas, veinte años atrás. Me disgusté por no haberlo identificado al instante, pues llegué a tener con él gran amistad, allá en mi juventud ardiente de metáforas, y muchas veces fue confidente de mis desazones literarias (y tal vez también de las vitales, aunque por entonces vida y literatura formaban para mí una sustancia indistinta). Pero aquella amistad se desvaneció de repente, en medio del carrusel de vértigos que me trajo una etapa de mi vida que ahora me parece lastimosa.

García Martín me propuso, a la conclusión del sarao, que tomásemos un café juntos; y entonces le pregunté cuál había sido la causa de nuestra ruptura, que honestamente no podía (¡tampoco!) recordar. García Martín, mucho más memorioso que yo, me la explicó; y me pareció una causa pueril (yo imaginaba que habría sido algún acontecimiento traumático), tan pueril que sólo podía explicarla mi fatuidad. Y es que yo he llegado a ser muy fatuo, allá en mis años de éxito; y, aunque arrepentido, en el pecado llevo la penitencia.

Pero la nimiedad que había provocado aquella ruptura (en la que tal vez también cooperase García Martín, pues dos no riñen si uno no quiere, y además él es de natural picajoso, más cínife que tábano) resultaba todavía más desquiciada y dolorosa, considerando que fui muy feliz colaborando en Clarín, aquella ovetense «Revista de Nueva Literatura» en la que durante años publiqué una serie de semblanzas de escritores bohemios titulada Desgarrados y excéntricos.

Es cierto que uno siempre tiende a mitificar sus comienzos, pero no es menos cierto que aquella colaboración en Clarín fue uno de mis mayores alborozos literarios; tan grande que hace palidecer mis alborozos de hogaño, tal vez porque todo en nuestra vida palidece, cuando lo comparamos con el oro de la juventud. Y el caso es que, dos décadas después, Clarín seguía viva y coleando, fiel a su cita bimensual con sus lectores, según me contó con legítimo orgullo García Martín; esta supervivencia heroica se me antojó un milagro (y ante el milagro uno no puede reaccionar sino con alborozo, con renovado alborozo).

Recordé, como en una celebración de la nostalgia, el papel ahuesado de la revista, que tanto me gustaba oler y acariciar; recordé su tipografía esmerada, sus rótulos de color siena o almagre desvaído, sus portadas siempre elegidas con irreprochable gusto; recordé también a sus colaboradores más asiduos (algunos por entonces jóvenes como yo mismo, a quienes el tiempo ya habrá plateado las sienes; otros ya entonces veteranos, que hoy saludarán la vejez); y pensé, con una mezcla de envidia y melancolía, que en los veinte años que habían transcurrido desde entonces, otros jóvenes robustos de ardor e ilusiones habrían ocupado el hueco que los tibios como yo habíamos dejado.

Mientras hablaba con García Martín, se iba reavivando en mí el anhelo de volver a escribir en Clarín, como un manantial que ha sido cegado y de repente vuelve a fluir, reverdeciendo la tierra agostada, barriendo con su ímpetu las brozas de tantos desencantos.

Deseé ardientemente que García Martín me lo pidiera, aunque me pareció improbable que lo hiciese, porque mi nombre, embadurnado de cienos, ya no luce como antaño; y, además, García Martín no paraba de lanzarme pullitas, fiel a su estilo eutrapélico o malévolo. Pero de repente, no sé si inspirado por la Providencia, me preguntó a bocajarro. «¿Te apetecería volver a escribir en Clarín?».

Me emocionó su generosidad; y aproveché aquella segunda oportunidad que la vida me brindaba. Así que ya estoy, como el hijo pródigo de la parábola, de regreso en la revista, con una serie de cuentos que he pensado titular Figuras de la Pasión. Y en la que pondré el alborozo de aquellos años juveniles, en los que el corazón me palpitaba como un pájaro, cada vez que un nuevo número de Clarín llegaba a mi buzón.