La primera cita

NEUTRAL CORNER

Aprecio en mi entorno la existencia de matrimonios de larga duración, con grandes proles ya amamantadas, que, de vez en cuando, se esfuerzan por reencontrarse en un simulacro de primera cita. Para recuperarse el uno al otro como eran entonces. lo cual, a veces, es un error, por ejemplo, si habías logrado olvidar lo pelotudo que era tu marido cuando lo conociste. A mí me da pereza cualquier cosa que me obligue a levantarme, pero aun así admiro esa voluntad de avivar los rescoldos románticos por parte de personas abrumadas por la vida diaria y por las penalidades de esa invasión zombi cotidiana que es tener la casa llena de niños pequeños.

Las falsas primeras citas plantean un problema logístico porque los niños hay que dejarlos en alguna parte y en la comisaría del barrio no siempre aceptan meterlos en una celda durante esa noche. Pero luego, una vez resuelto eso, inspiran incluso a los matrimonios para que fantaseen, un poco como el de Modern Family, y se inventen una ficción picante, como fingir que se conocen y ligan en un hotel. Qué sé yo. A mí me daría risa si tuviera que ligarme a mi mujer, aparte de que fracasaría y se iría con otro. La verdad es que no tengo buen recuerdo de las primeras citas. Mi índice de éxito coital en primeras citas a lo largo de la juventud es bastante bajo. como el promedio goleador de un defensa central, más o menos. Comparto la actitud de un amigo mío, muy romántico él, muy delicado para todo, que en el momento de preparar una primera cita preguntaba a la interfecta cuáles eran las posibilidades de culminación sexual porque de ello dependía la elección del restaurante. sólo estaba dispuesto a invertir un BigMac en una cita que consistiera únicamente en charlar sobre política internacional y problemas en la oficina. De haber promesa de coito, ponía hasta taxi.

Lo más divertido le sucedió a un amigo, marido ejemplar y padre de familia numerosa, que decidió jugar con su esposa a hacerse novios. Colocaron a los niños en casas de primos y cosas así y se acicalaron como si necesitaran volver a gustar a su cónyuge. Qué cosa bonita, ¿no?, la emoción del cortejo, los detalles galantes, los chistes que funcionan, la botella de vino que se devuelve para darse uno pisto de entendido, la incertidumbre de si se logrará o no desvestir esa misma noche el cuerpo de la mujer que se sienta delante, la capacidad de poner cara de profundo interés en la conversación mientras en realidad se está pensando en la pantalla del Call Of Duty en la que uno se quedó bloqueado o en el doble pivote defensivo como solución para la presión alta del rival, el donaire con que el que se paga la factura y se deja una generosa propina (que luego se intenta recuperar cuando ella no mira) como si uno fuera así de mundano y sofisticado. Qué bonitas son las primeras citas, pardiez.

A este matrimonio amigo no le fue del todo bien. Principalmente, porque él nunca terminó de entrar en el personaje, pero ella se lo creyó por completo. Hacía a su marido preguntas como. «¿A qué te dedicas?». Y él respondía. «Coño, Puri, a que me voy a dedicar, llevo veinticinco años en la IBM, como si no lo supieras». Ella se enfadaba. «Invéntate algo, gilipollas. Dime que eres agente secreto y que vives peligrosamente». Él. «¿De la CIA o del KGB?». Ella. «De la TIA, cretino».

En fin, que no vivieron la ficción con la misma intensidad. Y encima ella, dispuesta a repetir las sensaciones de cuando tuvieron su primera cita auténtica, al llegar a casa ¡al hogar conyugal sometido a hipoteca desde hace veinte años! le dio un beso esquivo en la mejilla y le cerró la puerta del portal. «Pero, Puri, déjame subir». «¡Que te crees tú eso! ¿En la primera cita? ¡Ni que yo fuera una fresca!». «Pero, Puri, que hace frío, mujer, y me he grabado un capítulo de Juego de Tronos para verlo aprovechando que no están los niños». «¡No me vas a engañar! ¡Si estás tan desesperado, vete a casa y alíviate con la mano!». «Pero que vivo aquí, Puri. Puri… ¡Puriiii…!».