Millones de moscas no pueden estar equivocadas

pequeñas infamias

En El principito, Antoine de Saint-Exupéry cuenta cómo cierto trauma infantil lo llevó a abandonar su carrera de dibujante y dedicarse a la aviación. Su primera y temprana obra maestra, Boa digiriendo elefante, no obtuvo la aprobación del público adulto, que la confundió con un sombrero. Al parecer, el joven Antoine tenía aún más problemas de comunicación con las personas mayores. En lugar de preguntarle por su colección de canicas o si sabía montar en bici sin manos, solían interesarse solo por lo que él llamaba «cuántos». Cuántos años tienes, cuántos hermanos, cuánto gana tu padre… Según él, los adultos solo entendemos por cifras. Tal es nuestra adoración por los números que, siempre en sus palabras, los planetas nuevos que se descubren ya no se llaman Venus, Júpiter o Marte, ahora los astros van con matrícula y se los conoce por XG-5387 o KW-3726. Incluso las personas dejamos de tener nombre y pasamos a ser el número del DNI, el de la seguridad social o, si uno tiene la mala suerte de ingresar en un hospital, por ejemplo, se convierte simplemente en «el de la 32». Desde que Saint-Exupéry hiciese aquella reflexión, las estadísticas, los números y los rankings no han hecho más que crecer y colonizar nuestras vidas. Todo parece describirse con números. Ya no se puede decir que hay miles de televisores en Madrid, sino que son 1,32 aparatos por persona; no basta con apuntar que la natalidad está bajando, nadie se hace una idea a menos que se diga que pasó de 1,6 hijos por familia a 1,3. En cuanto a los gustos, la sensibilidad y el criterio propios poco importan, las cosas se juzgan por porcentajes basados en opiniones ajenas. Así, la calidad de un libro se mide por el número de ejemplares vendidos y por supuesto una película es una birria si no la han visto al menos un millón de espectadores, lo que imagino dará mucha alegría a literatos como Paulo Coehlo y a excelsos cineastas como Leslie Nielsen o Borat. Lo mismo ocurre con los programas de televisión, y no creo que haga falta mencionar ningún telebodrio para que sepan ustedes de qué -y de quién- hablo. Sin embargo, el grado máximo de numeritis aguda lo encontramos en las compañías. Independientemente del campo al que se dediquen, todas son númeroadictas. Quieren ser la número uno y eso las hace prisioneras de las estadísticas y de estudios llenos de porcentajes, medias, índices y palabrejas en inglés, que no son otra cosa que más que números, para calcular en qué posición del ranking se encuentran respecto a sus competidores. Todas las marcas nos venden la moto con aquello de que su producto es el de mayor aceptación, el que prefiere todo el mundo. Acaba uno un poco harto de comer las galletas más ricas del mundo, porque así lo afirma el 80 por ciento de la población, o de beber el mejor refresco, avalado por el 79 por ciento, o de lavar con el detergente que deja la ropa más blanca, según el 83,5 por ciento. ¿Y qué me dicen de la numeritis al estilo oráculo de Delfos? No es raro encontrar en los medios de comunicación estadísticas como. «El 68 por ciento de los españoles piensa que este va a ser el verano más caluroso del siglo», o si no. «El 53,5 por ciento de los encuestados cree que el Real Madrid ganará la liga y la copa la próxima temporada», como si a la realidad y al futuro les importara un huito la opinión de la gente. ¿De dónde viene nuestra fascinación por los números? ¿En qué momento se han convertido en árbitros y jueces de todo? Tal vez tenga que ver con esa idea de que lo único inapelable en este mundo son las matemáticas, aumentado ahora el fenómeno por Internet gracias a sus «me gusta», sus memes y sobre todo sus trending topics. El valor de esta forma de argumentar (los pedantes la llaman argumentum ad popularum) parecía santa palabra, pero por fin empieza a cuestionarse. Con motivo del voto de los británicos en el brexit y la debacle que se produjo luego, el prestigioso semanario The Economist rescató hace unas semanas una frase escatológica muy usada en el mundo anglosajón que seguro conocen. «Comamos mierda, millones de moscas no puede estar equivocadas».