Teoría de la barba

NEUTRAL CORNER

Hace muchos años que uso barba tupida, pelirroja y nórdica. Pelirroja cada vez menos, hay que admitirlo, porque un foco de canas que se fue propagando me hace evolucionar poco a poco de tener una barba como para arrojar troncos en los juegos gaélicos o vivir al otro lado del Muro de Juego de tronos a otra patriarcal y casi mosaica: pronto tendré que salir a la calle con un cayado y separar mares para no defraudar la expectación.

Lo malo de llevar barba durante todos estos años fue haber coincidido con un momento en que hacerlo fue tendencia de moda. He desperdiciado mucha energía y muchas explicaciones para aclarar un equívoco que durante este tiempo me persiguió con la insistencia de un cobrador del frac: me refiero a la maldición de haber ido por ahí pasando por un hipster. Como si yo tuviera una bicicleta plegable, parasitara wifi en Starbucks, usara sombrero Borsalino sobre un calculado desaliño indumentario y viera cine independiente tipo Sundance sobre hipsters con complejo de Peter Pan abandonados por una novia moderna. (Digo todo esto porque creo que es en lo que consiste ser hipster. Si no es así y lo que hacen los hipsters es conducir en banda motos de gran cilindrada, tocados con cascos con cuernos, para emborracharse, destrozar bares y pegarse con otros hipsters, entonces mis respetos y me apunto en cuanto alguien me diga dónde hay que firmar).

Sé que es difícil salir a la calle llevando sobre la cara un asterisco que remita a un pie de página escrito en la camiseta donde se explica por qué uno lleva barba. Esta idea del asterisco ya se me ocurrió una vez, no hace mucho, cuando me dejaron un ojo morado y en la calle me miraban con desprecio, como a un camorrista tabernario. Querría haber llevado una camiseta en la que se leyera. «No es lo que parece. Me lo hicieron boxeando». De hecho, me lo hizo un urólogo, pero eso habría sido más raro y difícil de explicar.

Pues con la barba igual. Cuántas veces en las que fui confundido con uno de esos hipsters que se peinan la barba con peines de vinilo habría querido poder explicar que yo, la barba, además de por sentido de la herencia y de emulación de los mayores, la llevo como homenaje a los operadores de la Delta Force y los Navy SEALS que se las dejaron desde que empezaron a trabajar de forma más o menos encubierta en el mismísimo corazón de las tinieblas de la yihad. Es decir, que no empecé a llevar barba para que creyeran que me gustan los cupcakes como a los hipsters, sino para identificarme con una forma de masculinidad primaria y combativa, que es para la que, por otra parte, nací intelectual y morfológicamente determinado. Plan ideal para un sábado noche: quedar con los colegas para salir en helicóptero a matar a Bin Laden. O hacer prácticas de tiro con ratas. Cualquier otra cosa es propia de urbanitas reblandecidos. ¡No nos usurpen la barba si no están dispuestos a disparar contra una rata viva o a saltar haciendo rápel sobre el hogar de Bin Laden! Rápel desde baja altura, ¿eh?, que soy primario y combativo, pero también sufro de vértigo. Y me caigo en las cuerdas. Y me molesta el ruido de los helicópteros. Y me dan miedo las armas de fuego. Y Bin Laden, me da miedo Bin Laden.

La Eurocopa de Francia ha devuelto el prestigio a la barba. Gracias a la selección de Islandia y, en particular, a su capitán, Aron Gunnarsson, barbado y plagado de tatuajes rúnicos. Islandia ha recolocado la barba en el contexto vikingo -primario y combativo- y con ello ha potenciado un concepto de masculinidad que al parecer se llama ‘ubersexual’ y cuyo éxito nos conviene, porque consiste en ser bruto como un defensa central islandés. Entre nosotros, los neovikingos/islandeses honorarios, nos comunicamos mediante un código morse emitido con gritos guturales -«¡¡uuuhhh!!»- que se sueltan mientras se palmean las manos por encima de la cabeza. Una vez uno intentó formar una palabra inteligible y hubo que desposeerlo de la barba y arrojarlo al pilón por nenaza.