El Pozo de Minroud

PEQUEÑAS INFAMIAS

Anoche volvió a ocurrirme. Como otras veces, me levanté con la sensación de haber soñado una gran idea, una novela sensacional, un artículo redondo, algo creativo y perfecto. Lástima que sólo un par de segundos más tarde y aún sin haberme despertado del todo era incapaz de recordar nada. Cero. Mente en blanco, adiós genio, adiós gloria. El asunto sería menos frustrante si uno no recordase haber soñado, pero siempre sobrevive un pequeño (y perfectamente inútil) girón de recuerdo para que uno sepa de su existencia. Cada vez que comento el fenómeno, alguien dice que también lo ha vivido y me da consejo. «La noche es muy fértil, dicen, hay que dormir con papel y lápiz a mano y anotar aunque sea a oscuras y repasarlo mentalmente antes de abrir el ojo». He probado, pero mi letra a oscuras es tan horrenda que ni yo la entiendo y, si enciendo la luz, me quedo la noche en vela solo para descubrir, horas de insomnio más tarde, que lo que apunté no tiene el más mínimo interés. Aun así, esto de los sueños creadores ha sido una obsesión para todo artista, no hay más que ver el juego que han dado a lo largo de la historia. Las civilizaciones más antiguas atribuían a la ensoñación propiedades de lo más diversas, desde adivinatorias hasta curativas. El dios Esculapio, por ejemplo, solía aparecerse en los sueños de los pacientes que dormían en su templo de Epidauro para indicarles cómo sanar y, según Virgilio, a Eneas le fue revelado en sueños el lugar exacto donde debía fundar la ciudad de Roma, que se convertiría en la cuna de un gran imperio. Pero no crean que todo es leyenda, los sueños son un instrumento clave para la creación artística y literaria, a veces de la manera más extraña. Paul McCartney, por ejemplo, tal vez compusiera Yesterday bajo los efectos de una noche de indigestión porque, según cuenta, despertó una mañana con la celebérrima música que todos conocemos rondándole la cabeza, pero acompañada de esta letra. «Scrambled eggs, oh my baby how I love your legs» (‘huevos revueltos, oh nena, cómo me gustan tus piernas’). Se habla a menudo de la inspiración de los artistas, pero ¿qué me dicen de los científicos? Algunos de los descubrimientos e inventos más relevantes de la humanidad fueron un sueño en su origen. Sin ir más lejos, la teoría del átomo, con su núcleo orbitado por electrones, fue ideada por Niels Bohr mientras dormía. Por suerte para todos nosotros, a diferencia de mí, él sí la recordó a la mañana siguiente y pudo desarrollarla hasta formular sus célebres postulados. Con razón se dice que la almohada es la mejor consejera. El ahora olvidado escritor Michael Ende, en su libro La historia interminable, cuenta que, en el mundo de fantasía explotada por Yor, el guardián ciego, existe una mina de riqueza extraordinaria. La llaman el Pozo de Minroud o la mina de imágenes. De sus paredes no se extraen diamantes ni metales preciosos, sino los miles de sueños olvidados por todos los hombres a lo largo de la historia. Nunca he sido devota de la literatura fantástica, pero me gusta la idea de armarse de pico y pala para conseguir unos cuantos. Los que no aprovechó Einstein, por ejemplo, o algunos de los que no pudo anotar Shakespeare. Sí, es una lástima que esos grandes momentos de inspiración nocturna queden incrustados en lo más profundo de una mina, lejos de nuestro alcance. El verano es el momento perfecto para tratar de rescatar estas ensoñaciones creativas, pero no se confíen demasiado. Al fin y al cabo, como dice Jardiel Poncela, «pocos sueños se cumplen, la gran mayoría se roncan».