El maestro Denis

REINOS DE HUMO

Hay personas que predisponen a los demás a disfrutar de la belleza del mundo de un modo inusual, elevándoles la sensibilidad y la capacidad de emocionarse. Compartir un almuerzo, un viaje o tan solo un café pueden producir un efecto transformador que genera la necesidad de revisar la lista de cosas importantes en la vida. El profesor de enología y bodeguero Denis Dubourdieu fue una de ellas. Un hombre con conocimientos de científico y alma de humanista-renacentista que no solo ha dejado a su paso por la escuela de Burdeos un conocimiento enciclopédico sobre el mundo del vino, una legión de buenos enólogos y memorables botellas con su firma en algunas de las grandes bodegas de Francia -y en las de la familia Chivite, en España-, sino también una manera de entender la vida y el fruto de la viña como partes de una misma trenza. Dubourdieu, que dedicó sus días al arte de retener el tiempo dentro de un magnum y convertirlo en néctar de dioses, se ha ido con la enfermedad que le llegó como una mala vendimia. Decía que para amar el vino es necesaria una disposición a disfrutar de la belleza y maravillarse ante la vida y la naturaleza, ser un apasionado del viaje porque los vinos son un recorrido por paisajes, culturas y personajes, y, por último, tener la suerte de encontrar al maestro que pueda guiarte en el camino. Él lo ha sido para muchos. Recuerdo una última comida con el enólogo César Muñoz en la que el profesor explicaba -hablando de un viejo Sauternes- que envejecer no es solo resistir el tiempo, sino adquirir misterio, carisma y capacidad de perdurar. Dubourdieu ya no está, pero su ejemplo y su sabiduría permanecerán en el tiempo.