S.O.S. delfín

NEUTRAL CORNER

Al avistar la aleta, los socorristas pensaron que era un tiburón y, perentorios, mandaron salir del agua a los bañistas. Para los que estaban en edad de haber sido iniciados en el cine por Spielberg, aquello era de una tensión cinematográfica en la que sólo faltaba una rubia nadando desnuda, demasiado distante para ser salvada. La playa toda lo disfrutó. una playa mansa y familiar, de las de camioneta de helado junto a la baranda, en la que rara vez ocurría algo emocionante. Por lo menos a esa hora, porque de noche, durante el veraneo, era un lugar en el que se entregaban virginidades.

Apelmazados en la arena, los bañistas observaban las maniobras de la zódiac de los socorristas alrededor de la aleta. Un compañero que estaba en la playa, en contacto radiofónico con los tripulantes, propagó la noticia. «No es un tiburón. Es un delfín». No un escualo temible, por tanto, sino un entrañable delfín de los que disputan al perro la condición de mejor amigo del hombre. Los bañistas se habían equivocado, estaban viendo otra película. no la sanguinolenta Tiburón, sino otra más cercana a Liberad a Willy. Los dotados de una mayor empatía con los animales ya se vieron, como si fantasearan, socorriendo al delfín que iba a varar con técnicas como aplicarle toallas mojadas y cariño. De hecho, se amontonaron toallas predispuestas que eran donadas como quien dona sangre para un herido.

En la zódiac iba un experto que, a través de la radio, hizo saber a la playa entera que se trataba de un ejemplar de viejo delfín enfermo, ya terminal, que, resignado a la conclusión de su ciclo vital, buscaba un lugar tranquilo en el que expirar con dignidad. Los delfines son listos. Pero no tanto como para saber que una playa familiar española, durante un domingo tórrido de agosto, es cualquier cosa menos un lugar tranquilo en el que expirar con dignidad. Demasiados Jonatanes y Yessicas había en la arena, algunos con el cornete de helado aún en la mano, esperando al delfín para embriagarlo de amor. Además, a los empáticos animalistas ni el propio delfín iba a estropearles la oportunidad de satisfacer su conciencia socorriendo a un animal y haciéndose fotos durante la operación solidaria. Qué sabría el delfín lo que le convenía. Si quería morir allá él, pero su vida era demasiado preciosa para esta gente que ya se había imaginado contando en la oficina, cuando regresara a ella en septiembre, que salvaron un delfín y lo cubrieron con su toalla. «Mira, en esta foto salgo a su lado, soy el que hace OK con el dedo».

El experto de la lancha sabía que por ese delfín nada podía hacerse ya. estaba más muerto que vivo. El único favor que aún se le podía brindar era salvarlo de la muchedumbre concienciada que esperaba con ansiedad a echarle el guante para llenarlo de amor y estropearle sin darse cuenta sus últimos instantes en el planeta. Lo que hizo entonces fue objeto de discusión durante muchos días de los siguientes en los cafés y los chiringuitos de ese pueblo en veraneo. Escamoteó a los solidarios su delfín, tal vez el único delfín que iban a tener la oportunidad de amar personalmente en toda su vida. De alguna forma, lo unció a la zódiac y se lo llevó. Lejos de la pequeña bahía en la que el vetusto delfín iba a varar. Hacia un acantilado inaccesible en el que, una vez suelto, las corrientes arrastraron el animal hasta un roquedal en el que pudo agonizar a salvo de los Jonatanes y las Yessicas. Un desperdicio de muerte, pues no sirvió para confeccionar una sola postal solidaria, una sola credencial de amor por los animales que pudiera presentarse en la oficina como quien enseña el certificado de los leprosos que sanó por imposición de manos.

Sólo los tripulantes de la zódiac, respetuosos, contemplaron la muerte del delfín. En la playa, desaparecidas la aleta y sus emociones, los bañistas se dispersaron. Unos regresaron al baño. Otros fueron a por más helado. Otros se acordaban de que ahí mismo, la noche antes, habían perdido la virginidad.