Segunda mano

ANIMALES DE COMPAÑIA

Hace apenas un siglo, un novelista que introdujese en la acción de su novela -pongamos por caso- un rinoceronte debía empezar por describir exhaustivamente el animalito en cuestión; pues, para la inmensa mayoría de sus lectores (para todos los que no hubiesen participado en un safari), el rinoceronte sería un animal por completo desconocido, y hasta legendario. El novelista, de hecho, tendría que esmerarse en su descripción, para que sus lectores, al figurarse el aspecto del rinoceronte, no concibiesen quimeras idealizadas, al estilo del unicornio. Y es que, un siglo atrás, el novelista que describía un rinoceronte estaba invocando una realidad ignota para el lector, cuya sensibilidad virgen quedaría más o menos impactada por la descripción, dependiendo de las mayores o menores habilidades expresivas del novelista.

Si hoy leyésemos una novela en la que se incluye la descripción de un rinoceronte se nos antojaría prolija e insufrible. Muchos seguimos (a Dios gracias) sin participar en un safari, pero hemos reparado en fotografías de rinocerontes, hemos visto películas de Tarzán (en las protagonizadas por Johnny Weissmuller siempre salía un rinoceronte cuya testuz doblegaba nuestro héroe, en singular combate), hemos contemplado mil y un documentales en los que se nos detalla la vida íntima de los rinocerontes. sabemos de qué se alimentan, sabemos cómo se aparean, sabemos qué animales son sus enemigos más enconados, etcétera. Si mañana fuésemos (no lo quiera Dios) de safari y tuviésemos la oportunidad de contemplar a los rinocerontes apareándose, nos costaría reprimir un bostezo, por la sencilla razón de que tal espectáculo ya lo habríamos visto antes decenas de veces. Y, siendo completamente sinceros, tendríamos que reconocer que los rinocerontes avistados durante el safari estaban muy alejados de nuestro jeep (los veíamos haciendo pantalla con la mano sobre los ojos, para que el sol no nos deslumbrase, o a través de unos prismáticos desenfocados), mientras que los rinocerontes de los documentales están filmados con teleobjetivo, en primerísimos planos de una nitidez pasmosa que nos permiten distinguir las arrugas de su piel coriácea y las moscas que merodean sus cuartos traseros; y, mientras se aparean, la cámara adopta angulaciones rebuscadísimas que nos permiten contemplar la coyunda desde todas las perspectivas posibles. Y, en fin, el documental de rinocerontes incorpora una banda sonora fetén que convierte algo tan tedioso como el puñetero apareamiento de los rinocerontes en una ceremonia épica que nos eriza el vello de emoción.

Y lo mismo que nos ocurre con los rinocerontes nos ocurre con cualquier otra maravilla o trivialidad acontecida en el extenso mundo. Somos la primera generación de seres humanos que, cuando asistimos por primera vez a un portento, estamos en realidad viviendo una experiencia de segunda mano: contemplamos Las meninas en el Museo del Prado (entre una nube de turistas que nos disputan el sitio, y con una luz que nos impide distinguir nítidamente tal o cual zona del cuadro) después de haber visto mil reproducciones de altísima resolución que nos permiten distinguir hasta la urdimbre del lienzo; asistimos a los desprendimientos de hielo de un glaciar (después de viajar hasta la Patagonia, y a bordo de un barco que no puede aproximarse más allá de medio kilómetro, por temor a zozobrar) después de verlos caer a cámara lenta (y en 3D) en un programa televisivo que acompañaba el desprendimiento de los bloques de hielo con una música sinfónica que añadía dramatismo al espectáculo; contemplamos, en fin, todos los portentos del mundo con ojos cansinos y resabiados, de vuelta de todo, sabiendo exactamente lo que vamos a contemplar. Nuestra capacidad de sorpresa ha sido anulada, o siquiera embotada, porque cualquier cosa asombrosa que nos echemos a los ojos la hemos visto antes en una película, en un anuncio televisivo, en un vídeo de YouTube. Y lo más pavoroso de todo es que lo mismo que ocurre con las experiencias que afectan a nuestros sentidos ocurre con las que afectan a nuestro mundo interior. Hemos crecido envueltos, asaltados, asfixiados por imágenes que nos obligan a vivir una vida de segunda mano, impidiendo que nada nos resulte novedoso cuando la vida finalmente nos lo brinda. Sospecho que ya no somos del todo humanos, personas reales y auténticas a las que se les permite vivir de forma real y auténtica; todos, de un modo u otro, seguimos el mismo guión manoseado, hecho de retazos, una colección de remiendos visuales que han matado, o siquiera anestesiado, nuestra sensibilidad, bombardeada por mil imágenes de segunda mano que han llegado a ser, tristemente, nuestra vida más auténtica.