Acepto langosta como animal de compañía

PEQUEÑAS INFAMIAS

Cuando yo era joven, el verano era época de extraños avistamientos. La falta de noticias hacía que las páginas de los periódicos tuvieran que rellenarse con algo más que crónicas sociales y fotos robadas a los famosos. ¿Y qué mejor que hacerlo con algún sucedido misterioso, asombroso e incomprensible? Año tras año, por tanto, entraba en nuestras vidas el monstruo del lago Ness, también diversos objetos volantes no identificados que se hacían visibles en distintos puntos del globo para perplejidad de todos. Ahora en cambio ya no existe ese remanso estival, la actualidad continúa dándonos tantos (y quizá peores) sobresaltos que en invierno, pero eso no quiere decir que se hayan acabado las extrañas apariciones ni que sean menos asombrosas ni incomprensibles. Ya no hay ovnis, pero sí no pocos marcianos. Lo diré de otro modo: el verano es perfecto para avistar conductas que lo dejan a uno patidifuso. Hoy no quiero hablarles del balconing, ni de los concursos para ver quién trajina cinco litros de calimocho en menos tiempo, ni siquiera del pastizal que le pagan a Paris Hilton por -presuntamente- pinchar discos en Ibiza, sino de una langosta. De la que cada año se entrega -o mejor dicho se entregaba- como premio al ganador de la travesía a nado a Sa Cova de ses Llagostes en esa misma isla. Este año ya no se celebrará la prueba de tan larga tradición por las fiestas de Sant Bartomeu porque el ayuntamiento del lugar ha decretado que la langosta es un animal de compañía y como tal no puede entregarse en premio. De nada ha servido que los organizadores del concurso adujeran que en ningún caso estaban incitando al langosticidio, que el ganador podía guardar el crustáceo en un acuario y convertirlo en mascota, si ese era su deseo. La edil de Juventud y Bienestar Animal se opuso rotundamente al festejo, esgrimiendo el artículo 22 de la ordenanza reguladora de tenencia de animales domésticos según la cual está prohibido «donar a estos como premio, recompensa o regalo de compensación para otras adquisiciones de naturaleza diferente a las de la transacción onerosa de animales excepto los autorizados por la administración». «Muy bien -argumentaba un lugareño al que se le preguntó en la radio su opinión sobre el asunto-. En el pueblo estamos dispuestos a aceptar langosta como animal de compañía y quedarnos sin festejo, pero ¿qué pasa con otras reivindicaciones ecológicas de nuestra isla que afectan no a los crustáceos, sino a los seres humanos?». «¿A qué se refiere usted?», preguntó escéptico el entrevistador, que ya se había declarado partidario de la hermana langosta y al que no pareció gustarle el cambio de tema. El entrevistado explicó entonces que él formaba parte de una plataforma ciudadana que lleva años luchando por lograr que se cerrara un vertedero ilegal que había no muy lejos de allí. Uno en el que se acumulan diez millones de toneladas de residuos contaminando los acuíferos. Por lo visto, el Tribunal Europeo de Justicia condenó a España por ello. Más adelante se había recibido una generosa donación de la Unión Europea para su saneamiento, pero lo único que se hizo fue echar una capa de hormigón sobre la basura. «¿Dónde ha ido a parar el resto del dinero? -interrogaba el ciudadano-. ¿Por qué esos partidos que se declaran tan ecologistas no se interesan por este problema?». El ciudadano comenzó a explicar entonces el caso de una planta asfáltica, también ilegal, que se alza en una antigua cantera y que está peligrosamente cerca de una zona urbana, pero el entrevistador le cortó de raíz. A él lo que le importaba era la langosta, una noticia con mucha más salsa, dónde va a parar, que un aburrido vertedero y una lúgubre planta asfáltica.

No, no me miren ustedes con esa cara, como si hubieran avistado un ovni. En el fondo todo tiene su lógica y ellos llevan razón. ¿Por qué preocuparse por asuntos tan sucios y feos cuando puede uno quedar como los ángeles impidiendo que una pobre langosta acabe en Termidor?