El misterio del arte

Animales de compañía

Mientras contemplaba un documental sobre mi predilecta Amy Winehouse reflexionaba sobre el misterio del arte. La Amy Winehouse que mostraba aquel documental (sin intención hagiográfica, pero tampoco denigratoria) era, en apariencia, una mujer penosa con sus ribetes de choni, siempre borracha o fumada, siempre diciendo unas paridas ruborizantes, siempre rodeada de gentecillas cochambrosas y aprovechateguis (incluidos los miembros de su familia, o sobre todo éstos), siempre enamorándose de botarates y perdularios. Un desastre completo de mujer, en fin, que si no resultaba por completo repulsivo era porque transmitía una impresión de desvalimiento que acababa por movernos a la piedad. Y, sin embargo, dentro de esa mujer de apariencia vulgar y desgreñada, dentro de ese cuerpo estragado por el vicio, dentro de ese cerebro desahuciado, anidaba el alma de una artista auténtica que compuso canciones que ponen la carne de gallina. ¿Cómo esa muchacha incapaz de completar correctamente una frase pudo componer canciones tan bellas y estremecedoras como Love is a Loosing Game o Back to Black? Porque Amy Winehouse había sido agraciada (o desgraciada) por el don del arte, por ese quod divinum al que se refiere Horacio, que sopla donde quiere; y que no suele enamorarse de personas atildaditas y morigeradas, sino más bien desastrosas y caóticas, por lo común habitadas (invadidas) por el dolor.

Decía Capote que «cuando Dios entrega a uno un don, también le da un látigo; y el látigo es únicamente para autoflagelarse». Hay, en efecto, un componente saturnal en la creación artística, que devora a sus mejores hijos y los arroja a un lecho de ortigas, para torturarlos sin descanso y después expulsarlos a un territorio lindante con la locura, abonado de traumas, frustraciones y angustias inconfesables. Pero el arte nace en estos territorios borrascosos en los que sólo las almas muy aguerridas son capaces de aventurarse. Para que prenda la llama del arte, hay que abrazarse al dolor y fundirse con él. Una vez fundido con el dolor, el artista puede hallar una luz divina que lo rescate, sane y recomponga; o, por el contrario, puede ser atrapado por una luz infernal que lo devore y aniquile, como le ocurrió a Amy Winehouse. Pero no hay arte verdadero sin esa ofrenda en la hoguera trágica del dolor; y todo intento de tomar un atajo es inútil. Para atreverse a arder en esa hoguera hay que ser, desde luego, un poco insensato, un poco loco; pues sólo los insensatos y los locos tienen cuajo para asomarse al abismo y dejar que la belleza les lance sus dentelladas feroces, que a veces matan.

No crea el lector que estoy defendiendo una visión romántica del arte; pues, honestamente, creo ser el tipo menos romántico del mundo. Pero el arte verdadero es drama y tensión espiritual; todo arte verdadero nace de un conflicto interior y se expresa de forma conflictiva. «Gran escritor -escribía Gómez Dávila, y la sentencia se podría extender a cualquier otra manifestación artística- es el que moja en tinta infernal la pluma que arranca del ala de un arcángel». Y tanto para arrancar la pluma del ala de un arcángel como para mojarla en tinta infernal hace falta un alma muy intrépida, dispuesta a hacerse añicos, dispuesta a recomponerse entre lágrimas, dispuesta por igual al sacrificio y a la sanación milagrosa. Hace falta, en fin, un temperamento dramático, capaz de viajar al cielo y al infierno; por eso quien ha tapiado por prepotencia el cielo, como quien cree tener el infierno a buen recaudo, no podrá ser jamás artista auténtico, por mucho que domine la retórica o la técnica, por muy inteligente y erudito que sea (o se crea). Podrá, tal vez, ser el pintor aclamado por las masas, podrá ser el escritor favorito del régimen, podrá ser el músico preferido de las élites, pero no podrá ser verdadero artista; y, además -ironía máxima de Dios-, en su fuero íntimo sabrá la terrible verdad, aunque quienes lo rodean la ignoren.

El artista verdadero, por el contrario, ignora que lo es; o, si lo sabe, lo olvida enseguida, porque no le importa. Y deambula por el mundo como un paria, irreconocible para los hombres mezquinos y rutinarios (o sea, para la inmensa mayoría de los hombres) que lo miran con extrañeza, con bochorno, casi con repulsión (o, en el mejor de los casos, movidos por la piedad que les produce su desvalimiento). Pero, cuando llega a casa, se convierte -misterio del arte- en un violín; y de sus cuerdas tañidas por el dolor brota la música más hermosa, acariciante como un vilano y desgarradora como una espina.