La vida ya no se vive, se tuitea

Pequeñas infamias

Randi Zuckerberg, hermana del fundador de Facebook y exportavoz de la compañía, se ha convertido en la abanderada del JOMO. Ah, ¿que no sabe lo que es JOMO ni tampoco FOMO? Lo mismo me pasaba a mí hasta que leí las declaraciones de Randi, pero me he convertido en fan de lo primero y detractora de lo segundo. FOMO es un síndrome del que pocos escapan. Si es de los que responden correos electrónicos a las tres de la madrugada, rara vez consiguen estar más de diez minutos sin entrar en WhatsApp y/o Facebook y duermen más abrazados a su tableta que a su amante, tal vez le interese saber que el fear of missing out (FOMO) o miedo a estar perdiéndose algo importante afecta al 50 por ciento de las personas y casi al 70 entre los menores de 30 años. Paradójicamente, el FOMO hace que, por estar pendiente de lo que ocurre en el mundo virtual, uno se pierda todo lo que pasa en el real. Miren a su alrededor ahora mismo. ¿Cuántas personas de las que ven están fotografiando el paisaje que tienen delante en vez de disfrutarlo? ¿Cuántas hablan o chatean por sus móviles sin dar pelota a sus acompañantes? ¿Cuántas mandan fotos a sus amigos virtuales del pescaíto frito que piensan zamparse, del sombrero tan chulo que se ha comprado su novio o del famosuelo pedorro con el que acaban de hacerse un selfie? Es lo que hay: la vida ya no se vive, se tuitea o se facebookea. Personalmente, nunca he sido muy devota de las redes sociales. Como les he contado en alguna ocasión, uno de mis principales defectos es que me gusta la soledad. Soy de los escasos perros verdes que no desean estar interactuando permanentemente con el resto de la humanidad. Sé que perderé muchos ‘Me gusta’ si digo que Facebook me produce estrés y más aún si confieso que, cuando veo la cantidad de mensajes de gente que me escribe (encantadora, todo sea dicho), siento la misma sensación que cuando era pequeña y me veía ante una montaña de deberes, pero es la pura verdad. En cuanto a Twitter, no tengo cuenta; me brota una urticaria solo de pensar que a cada rato tendría que alimentar a mi parroquia diciendo cosas ingeniosas/ brillantes/chocantes/interesantes. Hasta ahora pensaba que era una rara, una inadaptada, una psicópata social. Hoy, y gracias a la señora Zuckerberg, sé que solo he sido una JOMO avant la lettre. ¿Que qué quiere decir el nuevo palabro? Si FOMO era el miedo a estar perdiéndose algo, JOMO (joy of missing out) viene a ser exactamente lo contrario, la dicha de estar desconectado. Y no crean que tengo malos correligionarios en mi nuevo club. Desde actores de Hollywood como Anne Hathaway o Jodie Foster hasta gurús de la comunicación como Arianna Huffington, fundadora del diario on-line más leído en los Estados Unidos, así como grandes periodistas de aquel país, se han apuntado a una nueva rutina saludable: la del detox digital. Como era de esperar, de inmediato han surgido empresarios hoteleros interesados en el fenómeno. Por una nada módica cantidad de dólares los devotos de esta nueva fe se someten a un retiro de desintoxicación digital en la que el yoga sustituye a los teléfonos inteligentes, la comida macrobiótica a los e-mails y la talasoterapia a Twitter. Solo una vez al día se permite a los huéspedes conectarse. «¡Y no pasa nada!», comenta encantada del tratamiento una CEO de Wall Street. «Ni mi trabajo se ha resentido ni mis amigos piensan que me he vuelto loca, simplemente he descubierto que hay vida más allá de mi teléfono móvil». Ya se sabe que el fenómeno moda es tan caprichoso como tiránico y extremista, por lo que tal vez empecemos a ver ahora a exyonquis de las redes sociales convertidos en pastueños devotos de la vida ermitaña. Pero más allá de las modas está la mesura. Sin tener que recurrir a una carísima cura de desintoxicación digital, no está mal recordar lo que apunta esa dama tan ocupada de Wall Street. No pasa nada por no estar de guardia noche y día como la funeraria. Tras unos días de calma -y el verano es ideal para desenchufarse un poco- descubriremos que hay otra vida más allá de las redes sociales. La real, esa que uno no ve por estar mirando siempre una pantallita de seis por trece centímetros.