A golpe de tecla

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Seguramente las tres o cuatro lectoras que todavía me soportan hayan oído hablar del ‘experimento de Milgram’ , llevado a cabo hace medio siglo por el psicólogo del mismo nombre (existe, incluso, una meritoria película que lo recrea, Experimenter, dirigida por Michael Almereyda). Milgram intentó demostrar que la obediencia a la autoridad es, en la mayoría de los hombres, una conducta ciega que acalla sus escrúpulos morales. Para ello, Milgram fingió que su experimento versaba sobre la memoria; y a los voluntarios que respondieron a sus anuncios en el periódico les propuso que aplicaran descargas eléctricas sobre otro supuesto voluntario (en realidad, un actor contratado), cada vez que su memoria fallase, ante unos ejercicios nemotécnicos de endiablada dificultad. El voluntario tenía la orden de incrementar el voltaje de las descargas, a medida que los errores del actor se repetían; pero la máquina de las descargas estaba en realidad desactivada, y el actor no hacía sino fingir -con alaridos y contorsiones- que las descargas lo estaban destrozando. Una inmensa mayoría de los voluntarios accedió impertérrita a realizar descargas altísimas, aun viendo (sólo los separaba una mampara de cristal) que el actor se retorcía de dolor.

Milgram llegó a una serie de pavorosas conclusiones, algunas irrefutables, otras más discutibles, sobre la naturaleza humana. Sin embargo, sus conclusiones pasaban de puntillas sobre una circunstancia fundamental y evidente: los voluntarios infligían el castigo a través de una máquina. Santiago Alba Rico, en su libro Penúltimos días (Libros de la Catarata), nos invita a reparar en esta circunstancia. pues, en efecto, la máquina evitaba el contacto físico entre el voluntario que aplicaba la descarga y su aparente víctima; y, a la vez, de un modo frío e impersonal, se convertía en la auténtica autoridad a la que obedecía el voluntario, cuya mano (al pulsar la tecla que liberaba la descarga) y cuya conciencia (al aceptar rutinariamente el castigo) se convertían en meras prolongaciones de la máquina. «La tecnología -señala Alba Rico- ha naturalizado en la conciencia de los seres humanos la violación del derecho como un efecto rutinario del uso de máquinas». Y pone como ejemplos de artilugios que anulan nuestro discernimiento moral los drones que se emplean para bombardear a distancia a seres humanos concretos, o las máquinas que pueden espiar nuestras conversaciones telefónicas o nuestros mensajes de correo electrónico. Quien, ante un panel de mandos, aprieta la tecla que descarga una bomba en los arrabales del atlas, o saquea la intimidad de una persona cuyo rostro ni siquiera conoce, no tiene la conciencia de estar haciendo algo malo, por la sencilla razón de que la máquina ha suplido su conciencia, ha automatizado de tal manera sus decisiones que ni siquiera le concede tiempo para hacer un discernimiento moral que merezca tal nombre.

En efecto, la tecnología casi nunca es un instrumento neutro en nuestras manos. La tecnología abrevia y envuelve de impersonalidad y extrañamiento nuestras decisiones morales, las banaliza y torna insignificantes, protege con su falsa asepsia nuestra vileza, adecenta con su postiza ‘racionalidad’ nuestra abyección. Alba Rico nos propone ejemplos que afectan a la conciencia de la autoridad política; pero podríamos poner ejemplos que atañen a la conciencia del hombre corriente, que calumnia y difama desde el anonimato, que amenaza y vomita su odio desde una red social, que consume a destajo la pornografía más aberrante. Y todo lo hace pulsando teclas, como los voluntarios de Milgram o el encargado de conducir un dron. Seguramente, si tuviera que calumniar y difamar, amenazar y vomitar su odio a rostro descubierto no lo haría por temor a que sus vecinos lo señalasen, por temor a una denuncia, por temor a ser considerado un indeseable. Seguramente, si tuviera que bajar al quiosco de la esquina y pedirle al quiosquero revistas de pornografía aberrante se reprimiría, aunque sólo fuera por miedo a que lo viera la hija del quiosquero o se enterasen sus vecinos. Pero la máquina nos protege de agresiones externas, despersonaliza nuestra vileza, alivia y anestesia nuestra conciencia. Lejos de ser ‘neutra’, se ha adueñado de nosotros sin que nos demos cuenta.

Y la sensación de protección que la tecnología nos brinda es, por supuesto, falsa. Si podemos vomitar nuestro odio a través de interné, o consumir pornografía aberrante, es porque así conviene a alguien que nos espía. Pues, si no le conviniese, nos mandaría tranquilamente un dron para que nos redujese a fosfatina, a golpe de tecla.