El bosque animado

NEUTRAL CORNER

Hace algunas semanas, estuvimos hablando en la radio con el naturalista Joaquín Araújo. Él ni se acordará, pero en realidad nos conocimos hace muchos años cuando yo pasé por su finca extremeña con su hermano Ángel, excelente fotógrafo. Teníamos la intención de recorrer a caballo todo el valle desde Castañar de Ibor hasta Guadalupe. En algún momento, nos perdimos en la noche y Joaquín tuvo que salir a buscarnos con un desvencijado todoterreno.
Nos encontró cuando yo empezaba a pegar bocados a Ángel alegando el instinto de supervivencia de los rugbiers accidentados en los Andes de la película ¡Viven! y él respondía que le parecía muy bien, pero que al menos esperara a que se nos terminaran los bocadillos. Me convierto a la antropofagia con mucha rapidez: gran capacidad de adaptación darwinista, la mía.
Cuando hablamos en la radio, Araújo dijo que él planta un árbol todos los días. Lleva la cuenta de los que ha plantado, y dan para que la famosa ardilla que en tiempos podía cruzar la Península sin tocar el suelo vuelva a hacerlo. Por supuesto, el querido Sostres hizo luego un comentario mordaz, de cínico urbanita y comando antibucolismo. Y me quedé pensando. ciertas sensibilidades y vocaciones necesarias provocan una reacción furibunda en aquellas personas que, pasándolo todo por el tamiz ideológico, las vinculan a una visión ‘progresista’ de la vida. Es decir, ciertas personas talarían todos los árboles y matarían a todas las ballenas sólo porque creen que defender y amar árboles y ballenas es cosa de ‘progres’ y probablemente de veganos. A mí nunca dejará de sorprenderme la capacidad que hay en España de ideologizarlo todo y de adoptar posturas influidas siempre por prejuicios ideológicos, incluso en aquellos ámbitos donde a la política no se le ha perdido nada. Hasta el hecho de ir o no a los toros se ha convertido en una proclamación política.
Plantar árboles es algo que a mí me parece hermoso. Alguna vez les hablé ya del prado de mi tío Rodrigo en Ruiloba y de lo importante y vertebrador que fue para la memoria sentimental de todos los miembros familiares de mi generación. Rodrigo murió hace años, y al desaparecer él quedó roto algo que nos unía a todos, un almacén de recuerdos, un vínculo con una familia que es la nuestra hace unos cuantos saltos generacionales. los muertos se veían aún jóvenes, los jóvenes de ahora todavía no habían nacido. Una de las últimas aportaciones del instinto patriarcal de Rodrigo fue plantar en su prado un bosque alegórico de la familia. Cada miembro plantaría el suyo, que además sería elegido para que coincidiera en lo posible con su personalidad. Cada nuevo matrimonio, cada nacimiento, tendrían como consecuencia un nuevo árbol. Es verdad que, en lo que a mí concierne, aquella fue una época de mi vida algo desordenada en lo sentimental, pródiga en matrimonios exprés y divorcios, por lo que pasé con mucha frecuencia por el prado a tomar la azada y terminé siendo propietario de medio bosque: las mujeres perdidas se me convertían en monumento vegetal, como en un cuento de terror en el que pudiera haberlas atrapado en un bosque de almas cautivas.
La plantación de cada árbol era adornada con cierto sentido de la liturgia, de la trascendencia. En ese sentido, en el primer árbol que yo planté ocurrió una anécdota que luego se reveló profética. Era un árbol compartido con una de esas parejas fugaces que eran las mías de la época, y el prado quiso comunicarnos con una broma escatológica que aquello no saldría adelante: cuando clavé la azada para empezar a excavar el hueco, noté que daba con algo. Lo saqué y resultó ser un calzoncillo cagado que alguien había enterrado allí.
En los últimos años, yo habría seguido plantando más árboles que nadie en el prado de Rodrigo. Pero esta vez no habrían conmemorado mujeres pasajeras, sino hijos. Un bosquecito propio. Pero Rodrigo no está ya, y esa costumbre se perdió. Demasiado si la maleza no lo cubre todo.