Las cebollas de mi pueblo

REINOS DE HUMO

Todo el que tiene pueblo sabe lo difícil que es gestionar los asuntos identitarios en lo referente a los productos locales. Separar el humo de la paja sin herir a los seres queridos. ¿Quién se atreve a decir que el vino del pueblo no es el mejor y el más sano? ¿O a negar que el queso o las mantecadas de la sierra superan al parmigiano o a los parisinos macarons de Ladurée? Si uno ama a su pueblo, que es como decir a su tribu y a su familia, carga el coche de viandas y sale para la ciudad como en la época del estraperlo. Los más hinchas reparten la mercancía entre la familia y las amistades urbanas, casi siempre pobre gente sin pueblo propio a los que se ha ido enseñando ‘lo que es bueno’. Quien esté libre de pecado que tire la primera roca.

En mi pueblo también hay muchos productos de huertas, bosques y pequeños viñedos -amén de las delicias reposteras de la tía Loli, fuera de concurso- que a veces son mejores y otras no. Boletus que no llegan a los de Soria o txakolis a precio de borgoñas. Pero, gracias a Dios, tenemos nuestras cebollas moradas de Zalla, de las que sí se puede decir sin sonrojo que compiten con las mejores del mundo y caramelizan como el puro almíbar. Hace poco me preguntaron por qué nunca había escrito sobre ellas y me quedé pensando en el pudor y los asuntos identitarios. Y sí: se merecen esta columna. Las cebollas y todos los que con su pasión hacen que los productos de los pueblos, sean o no los más excelsos, tengan alma.