En tierra hostil

ARENAS MOVEDIZAS

No es fácil vivir en Alsasua… si eres guardia civil. En realidad, no es fácil vivir en muchos lugares hostiles del País Vasco y Navarra si eres objetivo de lo que pretendía matar la ETA hasta hace pocos años. En cualquiera de los pueblos de España, un guardia civil forma parte del paisaje… afortunadamente. En la salida de la carretera, en la puerta de la casa cuartel, en cualquier tugurio en el que se altere la conllevancia, un picoleto vestido de verde infunde una cierta tranquilidad. Antonio Burgos dejó dicho, con mucha razón, que las cosas en España se arreglan en cuanto aparece una pareja de la Guardia Civil. Pregunten ustedes por ahí si quieren que de su pueblo se vayan esos señores -y señoras- vestidos de verde: verá qué manera tiene la gente de decir que no. Alsasua, merindad de Pamplona, una de las cinco en las que se divide Navarra, es otra cosa, como lo es algún que otro enclave vasco. Indudablemente es una de las cunas de la serpiente reptante que tanto ha envilecido una tierra excepcional. Lo saben bien aquellos que han vivido en su casa cuartel durante estos últimos treinta años. los comandos desarticulados en su entorno y las acciones individuales o grupales contra los guardias y sus familias se cuentan por docenas, asesinatos incluidos. La colectivización del sufrimiento decretada por la banda tuvo en ese entorno un importante teatro de operaciones: los borrokas y demás matones callejeros pasaron a hacer la vida imposible a aquellos objetivos que no estaban inmersos en su seno, muchas veces ante la inoperancia de las autoridades. La gente, por demás, miraba para otro lado, tal y como ha ocurrido en la totalidad de las zonas calientes del País Vasco, donde el que moría asesinado «algo habría hecho» o donde tenía que salir por la trasera de la iglesia en la que algún cura valiente -y no la media de los curas vascos, obispos incluidos- quisiera oficiar un funeral.

Los hechos que acaecieron hace un par de semanas a las puertas de un bar de Alsasua no son una excepción aislada. Ese par de guardias asaltados por una turba borracha de vino y consignas y esas parejas de ambos por la que ninguna feminazi de guardia ha emitido un solo lamento son una muesca más en la campaña de hostigamiento criminal que lleva sufriendo la institución y aquello que represente España en cualquiera de sus manifestaciones. Son delincuentes, conviene puntualizar, no activistas políticos. Y no son todo el pueblo, claro: hay gente decente en Alsasua, pero, como suele ocurrir en el viejo oeste, tienden a guardar silencio. Quedan sus representantes políticos, pero ahí prácticamente solo hay basura: Geroa Bai, Bildu, Podemos y, pásmense, el cobarde tonto útil del PSOE lamentaron el incidente, pero jugaron a la equidistancia lamentando asimismo la «masiva» presencia policial. Jugaron a la ruina moral del reparto de culpas, del riego de sospechas entre el asesino y el asesinado, eso tan común en los territorios marcados con la marca etarra. En esa tierra hostil, en ese lodazal en el que aún se sigue condenando la violencia «venga de donde venga», en ese pozo moral en el que toda miseria es posible (accedan a la obra capital de Fernando Aramburu, Patria), ser guardia civil es jugarse la vida a cambio de cuatro duros. Puede que ahora no te maten, pero evidentemente no te van a dejar vivir. El teniente herido gravemente por la valiente turba de gudaris que en número de cincuenta le pateó en la calle -para regocijo de miserables tarados con cargo público- solo tuvo palabras de agradecimiento para los vecinos que siempre le han apoyado y a los que quiere seguir sirviendo en sus tareas de socorro a la sociedad que le precisa. Fue el mismo que rescató de la nieve a los expresos de la ETA que se quedaron atrapados en un autobús después de una tormenta de nieve. Qué cosas.

Eso que creíamos superado, en pocas palabras, sigue pasando en puntos concretos de los territorios hostiles en los que ‘la paz’ queda tatuada, en ocasiones, con el feroz rostro del odio irracional y venenoso del nacionalismo.