Pueblo chico, infierno grande

MI HERMOSA LAVANDERÍA

La imagen de un flamenco rosa agonizando en una fuente de un parque de Barcelona abre la película Ciudadano ilustre. El escritor Daniel Mantovani, encarnado brillantemente por el actor Óscar Martínez, contempla el flamenco en su paseo matutino y decide aceptar, no sin reservas, la invitación para regresar a su pueblo natal, Salas, a 600 kilómetros de Buenos Aires, que quiere nombrarlo Ciudadano Ilustre. Mantovani salió de Salas a los veinte años para no volver, pero ha basado toda su obra en la vida y los acontecimientos que vivió allí en su juventud. Tras la concesión del Nobel, las giras, presentaciones, conferencias y entrevistas que se ve obligado a realizar lo alejan de la escritura y quizá piensa que, revistiendo los lugares que le vieron crecer, volverá a encontrar la inspiración.

La película de Mariano Cohn y Gastón Duprat, autores también de la formidable El hombre de al lado actúa como un doble (y hasta triple) retrato. Por un lado, la descripción de un escritor, tremendamente lúcido y auténticamente comprometido con la escritura hasta el punto de que ha hecho de ella su razón y camino de vida. Alguien contradictorio pero coherente, malhumorado pero generoso, que es capaz de dedicar su tiempo a leer los relatos del aspirante a escritor que trabaja en el hotel donde está hospedado. Una mezcla de Philip Roth, Kingsley Amis y Patrick Modiano.

Por otro, el de una comunidad pequeña (que podría estar en cualquier lugar del mundo) que no es más que una concentración de todos los defectos y manías destilados en una comunidad más grande: la presencia de Mantovani pone en movimiento a las fuerzas vivas del lugar, a amistades del pasado, a gente que cree que el escritor les debe algo porque se inspiró en algún pasaje en su padre o su madre. La mirada de los directores es de una acidez sublime y de una ironía implacable y sabe medir perfectamente la escalada de violencia a la que, casi sin que este se dé cuenta, el pueblo somete al escritor. Todos en Salas presumen de lo que carecen, y el resentimiento hacia el que ha abandonado el lugar aflora hasta en los más pequeños detalles. Un inofensivo concurso de pintura amateur se convierte en un campo de batalla donde se ponen en juego la libertad de expresión, el rencor más abyecto y la envidia. Sus viejos amigos, su antigua novia insisten en fingir una felicidad que no sienten, a modo de reproche compensatorio, como si la vida hogareña fuera la respuesta a la carrera y al éxito de Mantovani.

Poco a poco, las escenas más hilarantes -el desfile con la reina de la belleza, la entrevista en la televisión local con intermedio publicitario, la groupie que se presenta en la habitación- van tiñéndose de un aire de pesadilla que redimensiona el filme (algo que también ocurría en El hombre de al lado).

Ciudadano ilustre posee un guion que no sólo funciona como una máquina de relojería hasta en los más mínimos detalles, sino que sabe dejar espacio al espectador para que se le congele la sonrisa. Todos los actores, hasta en los pequeños papeles, encabezados por Óscar Martínez, bordan sus papeles y los directores han sabido aprovechar al máximo el paisaje desolado de un pueblo que apenas es una calle polvorienta, un puesto de Spiderman hinchables en una cuneta y un hotel desolado que nunca conoció tiempos mejores. Una gran película. Háganme caso, no se la pierdan.