Burger por sevillanas

ARENAS MOVEDIZAS

La noche de la victoria de Trump, Times Square era un funeral. El silencio atronaba, según me trasladó con precisión el gran Ángel Expósito con su micrófono de COPE. No estaban en ese preciso enclave los sorprendidos republicanos para celebrar su victoria y sí muchos ciudadanos perplejos poco partidarios de quien finalmente ganó. Ya digerido el resultado, los perplejos se marcharon a casa y los felizmente sorprendidos pasearon a sus anchas. Dos noches antes, Times Square era la bulliciosa plaza de siempre en la que hasta en plena madrugada parece ser de día, llena de paseantes, figurantes y curiosos, con cuellos en extensión admirando los anuncios luminosos y legión de cámaras inmortalizando pasos fugaces de propios y extraños. Era el escenario ideal para repetir aquella ocurrencia genial de Josep Pla la noche en la que conoció Manhattan allá por el año 54: «¿Y todo esto quién lo paga?».

Ya se ha escrito, desde la noche de autos, sobre la proteica concepción política de los votantes norteamericanos, tan alejados de lo políticamente correcto y tan independientes de las consignas académicas, políticas o culturales que todo el establishment les libera a diario. No voy a incidir aquí y ahora. El par de días en Nueva York, que es una ciudad que sigo considerando escenario para una visita de no más de tres días, aunque haya que volver las veces que sean precisas, me dio de sí para alguna que otra sorpresa, alguna de ellas relacionada con la ingesta de hamburguesas.

Pues si parte usted de ese mismo Times Square hacia Downtown enfilando la Séptima Avenida, cruzando un puñado de calles, llegará hasta la 38. Si vira a la derecha como si fuera a perderse por la Octava, antes de llegar a la esquina, dará con un lugar ni muy angosto ni muy holgado con nombre al uso del entorno: Black Iron Burger. Entre y no pierda más tiempo dando vueltas. Está usted en la sede de la Peña Bética de Nueva York, pero ni siquiera eso es lo más importante: está ante la sorpresa hamburguesera de la ciudad que más hamburguesas consume al día.

Víctor Ortega, sevillano de cuna, oteó el horizonte después de alguna incomodidad empresarial motivada por la crisis. Tenía familia en Nueva York y una idea en la cabeza. Junto con Jaime Guardiola, Luis Carlos Pérez y, más tarde, Pedro Ruiz Ocejo, pretendió una cierta forma de osadía: darle un baño a los neoyorquinos ofreciendo la hamburguesa sorpresa, perfecta, novedosa, sana y triunfante. Y lo ha conseguido. Debo confesar que la emparejo, si no coloco por encima, de la cósmica hamburguesa del pequeño y legendario J. G. Melon de la Tercera Avenida con la calle 75. La brasa es la precisa, la carne es extraordinaria y lo que acompaña está hecho con esmero español. Un impactante guacamole y unas patatas fritas con algo de ajo y perejil o con trufa negra en polvo redondean la mesa. De la misma forma que muchos gustan de coronar la hamburguesa con algún beicon ahumado de los muchos y buenos que elaboran por allí (una vez más, en Washington, no perdí la oportunidad de deleitarme con el beicon canadiense de Old Ebitt Grill, junto a la ‘House’), estos tipos los coronan con jamón ibérico. Es la llamada Hamburguesa Ibérica, que puede llevar queso manchego para el que le guste. La cebolla está dulcemente caramelizada y algunas especialidades vienen con trufa. O con salsa alioli. Y así una amplia variedad.

Unos sevillanos están reventando Nueva York, la ciudad de las oportunidades en el país de las oportunidades, abriendo ya el cuarto local con su marca, además de perfilar la creación de un catering con todo lo que han aprendido. No solo me alegro por paisanaje, sino por encontrarme a diario tipos que sueltan sus cosas, cruzan los mapas, se instalan merced a su talento y su capacidad de trabajo, lo hacen bien y triunfan. Si van por Nueva York -recuerden, más de tres días es una vulgaridad-, no dejen de visitarlos.

Además, tienen la garantía de que la Burger por sevillanas seguirá sabiendo igual de rica por mucho que haya ganado Trump.