Esa cosa llamada la clase media

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Aún recuerdo el día en que una encuestadora más o menos cordial se presentó en la casa de mis padres. Yo era por entonces un adolescente y estaba entrenado en sortear a encuestadores y peticionarios, vendedores a domicilio y traficantes de biblias, que se presentaban a cualquier hora en las casas. Pero aquella mañana la encuestadora tuvo mala suerte y mi padre andaba por allá, con gripe. La encuesta era un estudio sociológico de la España del momento y mi padre contestó con su simpatía a raudales. Cuando llegó la pregunta final, la encuestadora hizo resumen de todos los datos de renta y vida doméstica que mi padre le había dado y concluyó que nosotros pertenecíamos a la clase media. Mi padre montó en cólera, imposible. Eso era imposible. Nosotros, señorita, somos clase baja. Le parecía que su sueldo irrisorio para mantener a una familia numerosa nos encuadraba entre la gente pobre del país. Pero mi padre se equivocaba y la señorita tenía razón. A la altura de la década de 1980 nosotros ya éramos clase media. Mi padre seguía anclado en el orgullo del labriego inmigrante que había llegado a Madrid y sacaba adelante a una familia de ocho hijos. Pero habíamos ascendido a la par que otras muchas familias del país.

Recuerdo la anécdota porque sentí entonces la punzada de orgullo de mi padre. Era un hombre que jamás se había sentido clase media, sino baja y a mucha honra. Su ascenso social no le provocaba satisfacción, sino un cierto vértigo. Esa delicada propensión a la humildad nos la trasladó con acierto. Al día de hoy escucho demasiados análisis que hablan de la crisis de los países occidentales y desarrollados como el nuestro. En casi todas partes se habla del enfado, de la crispación, del encono con el que la gente se expresa y vota y se hace un enorme hincapié en que verdaderas mesnadas de antisistema están tratando de destruir el orden imperante. Pero la verdadera catástrofe es otra. Sencillamente se está produciendo el reverso de lo que vivió mi padre. Un montón de familias que pertenecían de manera natural a la clase media se están viendo rebajadas a la categoría de clase baja o al eufemismo que se utilice para definir algo así. No es lo mismo la actitud de subir un escalón que de bajarlo. Sentir que has perdido los derechos adquiridos te condena a un rencor insostenible.

Se ha comentado en muchas ocasiones lo que significa la desigualdad. No hace falta repetir que la democracia no es una palabra mágica, sino un concepto político que requiere el fomento de la igualdad para ser considerada tal. No existe democracia en la desigualdad. Como han comprobado todos los imbéciles que han querido imponer regímenes electorales en países cuyas sociedades estaban rotas entre privilegiados y sometidos, no existe la posibilidad de entendimiento cuando hay diferencias tan notables. Es la pérdida del estatuto de clase media lo que ha condenado a demasiada gente a una actitud beligerante que capitalizan los populismos, los extremismos y los nacionalismos xenófobos como remedio a lo que entienden como un mal que los atañe personalmente. Es evidente que la situación no es la misma que en otros tiempos. No es hegemónica una generación que ha vivido la guerra, la pobreza y, por lo tanto, aspira en silencio a cualquier mejora. En el día de hoy, son mayoría los que conocieron una educación gratuita, una sanidad de calidad, una estabilidad laboral que sienten amenazada por la voracidad del capital privado y la imposición de privilegios y distinciones en razón de la renta. En esa línea divisoria es donde se conjuga el mal de la democracia actual. Sin clase media mayoritaria un país se desestabiliza. Por lo tanto, todas las reformas, tanto laborales como fiscales, que no persigan la igualdad son enemigas del sistema democrático. Si esto lo entendieran los dirigentes europeos, quizá no tendrían que lamentar la deriva brutal del continente hacia soluciones maximalistas y peligrosas. El orgullo de las personas es un factor íntimo que cobra relevancia en el entorno social. Cada miembro de la clase media que se ha visto relegado es un enemigo del sistema. He ahí la batalla por dar.