Un café con leche mirando una postal

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Está llorando, acurrucada en sí misma. Rubia, de edad indefinida, probablemente más joven de lo que parece. Le faltan algunos dientes y lleva una camiseta con dibujo de palmeras y piñas tropicales. Estamos las dos esperando en un banco del Clínico a que nos toque el turno para entrar en urgencias. Cuando los sollozos arrecian, me decido a acercarme, le pregunto qué le pasa. Me mira y me suelta una retahíla de palabras entre las que consigo entender que tiene trastorno límite de la personalidad, que sufre, que está sola, que lo pasa muy mal, que está muy sola, muy sola. Le paso la mano por el hombro, le digo que está en el mejor sitio, que ahí la ayudarán, que se calme, que está a unos minutos de estar mejor. Cuando apoya la cabeza en mi hombro, le toca el turno de la ventanilla y, antes de irse, me repite: muy sola. Cuando llega mi turno, la encargada de la ventanilla me dice que viene cada semana desde hace tiempo y que cada vez tiene menos dientes. Le cuento lo que me pasa y me hacen pasar a un cuarto donde una enfermera me hace las preguntas de rigor antes de llamar a una doctora con flequillo y gafas que me envía al sótano y me advierte que hoy urgencias está colapsado y que tardarán en atenderme. Y ayer, le digo, ¿no estaba colapsado? ¿Ayer? Ayer más. Sale corriendo. Bajo al sótano donde, efectivamente, hay mucha gente esperando. Todos tenemos el rostro expectante de la incertidumbre. Otras enfermeras nos toman los datos, nos calman, nos dicen que nos atenderán lo más pronto posible. Pasan doctores corriendo, camilleros arriba y abajo, dos mossos d Esquadra custodiando a un detenido con el rostro retorcido de dolor. Me colocan en una sillita en un pasillo, al lado de dos enfermos en camilla que sueltan un gemido cada pocos minutos. El de delante es un anciano que a primera vista parece dormido, acompañado de un familiar que a cada poco rato le dice que no tardarán en verlo los médicos. En la camilla de atrás, una chica muy joven con su padre, que no le suelta la mano. Llevo en la mochila un libro de François Hardy que relata, justamente, su ordalía en un hospital francés durante cuatro meses, que la llevó a las puertas de la muerte. No puedo seguir leyendo mucho rato porque me deprimo. Observo a las enfermeras, desbordadas, organizando como pueden los turnos. Una de ellas nos dice que están haciendo todo lo que pueden, que nos tranquilicemos. Pasa un voluntario que está, según dice, para acompañar a las familias. Los que estamos sin familia nos miramos como pensando que, si no estamos acompañados, quizá es por elección. Lo primero que le dice a la familia que tengo más cerca es que él no es médico y que si son del barrio. No le contestan, no tienen ganas de hablar. Lo que quieren, lo que queremos los que estamos allí es un médico, alguien con una bata blanca que nos diga que no tenemos nada, que estamos bien, que esta vez le damos esquinazo a la muerte y a la enfermedad. Los boxes se van vaciando poco a poco, pero los que estamos en el pasillo seguimos aquí. Hemos estado seis horas aquí cuando nos vienen a buscar. Ya en el box, mientras intento atarme la bata que me confiere ya estatus de miembro de esta comunidad de dolientes, oigo la algarabía de voces, de quejas, de consejos, de vidas que se unen en el momento en que todos nos sentimos más vulnerables. Pienso en los médicos, en las enfermeras, en los camilleros que cada día, con humor, cariño y astronómicas dosis de profesionalidad y empatía y contados recursos, se enfrentan a este coro de vidas mezcladas. Capto una conversación entre enfermeras al vuelo, una le dice a la otra mientras le colocan una vía en la muñeca a una mujer que no se queja: «A mí en la vida para relajarme me basta con un café con leche mirando una postal», y pienso que es de las cosas más sabias que he escuchado en la vida.