Haga juego, presidente Trump

PALABRERÍA

Escritorio. De pie, el presidente Donald Trump pasó la palma de la mano sobre la sólida mesa de madera del Despacho Oval, el famoso escritorio Resolute, regalo de la reina Victoria de Inglaterra. Se miró los dedos como si buscara polvo. En realidad perseguía el rastro fantasmal de los anteriores presidentes, alguna señal de que allí habitaron los mejores hombres de la nación. Como yo mismo, pensó, el más grande entre los grandes.


Forjado. Se frotó unas yemas con otras para dispersar los espectros. La madera era una mala conductora. qué necesaria habría sido una mesa de hierro para comunicarse con el más allá y charlar con el general Eisenhower, que, como él, era descendiente de alemanes. Una mesa a poder ser con las patas decoradas con hojas forjadas, representando un árbol. Se sabía un hombre de gusto, con buen gusto, aunque no siempre comprendido. La mesa habría disuadido a Bill Clinton de hacer cochinadas por el peligro de engancharse las partes pudendas en el follaje metálico, y probablemente el mundo se habría ahorrado la ñoña foto de John John Kennedy asomando bajo el escritorio mientras JFK trabajaba, o lo fingía. Bill y Jack, esos demócratas viciosos.


Nácar. Muchos de los presidentes recientes le daban asco, no así Ronald Reagan, con el que compartía el gusto por la actuación, la espontánea franqueza -grotesca, según los enemigos-, ser un grano en el culo de los republicanos, las armas con cachas de nácar y un patriotismo aullador. Esperaba que ningún loco le disparara -y, de suceder, seguro que sería un asqueroso demócrata-, pero estaba dispuesto al sacrificio, sobre todo porque había firmado un seguro de vida por varios millones de dólares.


Panocha. Se sentó por última vez en el sillón tras el escritorio Resolute, se mesó el cabello panocha, de maíz triste, ese icono tantas veces representado como una ola o como una llama. O como un animal muerto, según los desagradables. Se ajustó la corbata roja, la misma que había llevado la madrugada de la elección y el día del traspaso de poderes con Obama -traspaso en este caso se refería, más que nunca, a muerte, escribieron-. Le agradaba esa corbata con el nudo pequeño, retraído, a diferencia de su expansiva forma de ser.


Inmobiliaria. The Trump Organization había tomado el control del país. él había prometido que engrandecería el país, que trazaría puentes y carreteras -y había dicho, sin querer, «hospitales»- y eso solo era posible desde una empresa constructora como la suya. El muro de México comenzaba a ser levantado. Mucho material, mucha mano de obra. una gran factura que pagarían los mexicanos y que iría a las arcas del Estado, después del correspondiente porcentaje para él. Un negocio perfecto. Presidir Estados Unidos era ser el dueño de la mayor empresa inmobiliaria del mundo.


Garrapata. Lo siguiente sería privatizar la Administración o, si se negaban sus señorías, llenar de anuncios el Congreso y el Senado. Si los campos de béisbol y de baloncesto disponían de espacios publicitarios, por qué no esos lugares tan pomposos y aburridos, necesitados de dosis de colores chillones y contemporáneos? Ah, y las leyes. Ley patrocinada por tal bebida gaseosa. En pocos meses podrían dejar atrás los números rojos. Y qué ganas de decir a los funcionarios garrapatas. «Estás despedido».


Tupé. Se levantó, intentó alzar el lacio tupé, se estiró la chaqueta, se quitó de los dedos los restos de los presidentes muertos. Pensó en qué hacer con la mesa Resolute, si la arrinconaría como recuerdo de un poder caduco y colocaría delante una cinta de terciopelo para mantener a raya a los visitantes o la convertiría en una mesa de póker. Quedaría bien con un tapete verde encima. Pronto el Despacho Oval y el resto del edificio estarían irreconocibles. Se moría de ganas de que llegara el día de la inauguración, cortar la cinta y descubrir el cartel. Casino Casa Blanca. O hacía eso o trasladaba la capital a Las Vegas.