Camino a ninguna parte

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Suena una de mis canciones favoritas de Talking Heads en la radio esta mañana y, mientras canturreo, pienso en todas las veces que en una encrucijada en la vida y he sentido que todos los caminos llevaban a ningún sitio.

Hace veintiún años escribí una secuencia para una de mis primeras películas, Cosas que nunca te dije, donde la protagonista, Ann, recorría los pasillos de una librería buscando libros de autoayuda (tras haber pasado un rato recorriendo los pasillos de un supermercado en busca de helado, que es la escena que todo el mundo recuerda) sin encontrar nada que sintiera capaz de ayudarla en su desesperación vital. Hoy, las librerías poseen secciones enteras destinadas a la autoayuda, con libros que prometen de manera rápida, indolora y fácil solucionar cualquier problema, desde la soledad a la depresión, pasando por la caspa o la pobreza. Estos manuales amenazan con fagocitar los libros de filosofía, que se defienden como pueden, utilizando también colores llamativos y títulos sensacionalistas en los que se repiten como un mantra los términos ‘en tres días’ ‘para siempre’ y ‘en tu poder’. A veces parece que la única diferencia entre estos es que los autores de los libros de autoayuda salen sonrientes en la foto de la contraportada, mientras que los filósofos salen invariablemente serios. Conocidas figuras de la televisión, pseudocharlatanes, hijos e hijas de semifamosos escriben sin miedo al ridículo decálogos para ser más feliz, más alto, más listo y hasta más guapo, para alcanzar el nirvana, la riqueza, la alegría y la paz y el poder mental, en cómodas lecciones que hasta en algunos casos permiten el acceso a una app para monitorizar los progresos, de haberlos. Cualquier debate mínimamente intelectual queda así rebajado a fórmulas mágicas, a soluciones instantáneas que quieren a toda costa convencernos de que basta con realmente desear cambiar para conseguirlo y que si no lo conseguimos es porque no deseamos cambiar de verdad.

Y ni la vida ni el aprendizaje son así. Vivir, vivir de una manera auténtica ni es fácil ni sencillo ni indoloro. Requiere esfuerzo físico e intelectual, requiere sacrificio, requiere tiempo y requiere agallas. Y no existen fórmulas mágicas, ni atajos ni secretos absurdos ni reglas que invariablemente se deban seguir. Uno debe construir su camino de vida aceptando que otros, mejores y más sabios que nosotros, estuvieron antes destilando conocimientos e ideas que sirvieron de camino a otros. El «eureka» de Arquímedes no se produjo la primera vez que Arquímedes tomó un baño: le costó muchos baños y muchas horas y años de exprimirse el cerebro. En estos tiempos de la posverdad (el concepto que más miedo me da en el mundo), donde Zuckerberg se codea con la Trilateral, hay que recordar más que nunca quiénes somos y de dónde venimos. Sólo así podremos saber adónde vamos. Aunque sea a ninguna parte.