El club de Pitu

PALABRERÍA

Hielo. Finalizó la comida y parecía como si una araña de cristal se hubiera estrellado en la mesa. Ciento sesenta copas con variadas formas ocupaban toda la superficie. En cada una, manchando el fondo, los restos de vinos extraordinarios, algunos elaborados por mitos de la viticultura como Lalou Bize-Leroy, conocida como madame Leroy. La propia dama, seca como un sarmiento, hecha de viento y hielo, había viajado desde Auxey-Duresses, en la Borgoña, con sus dos perros; Fréderic, el gerente de Domaine Leroy, y algunas botellas del Latricières-Chambertin Grand Cru 2007. Que hubiera aceptado la invitación de Josep Pitu Roca, el sumiller (qué corta queda la palabra: él dice de sí mismo que es «un camarero») y dueño de El Celler de Can Roca, era un hito; que sacara a pasear las botellas con los perros, un privilegio. Beberlo era lamentar no tener ni el dinero ni la influencia para conseguir algún ejemplar (del pinot noir, no del chucho).


Alcohol. Todo esto sucedía un martes a la hora de comer, paradójicamente, el Día Mundial Sin Alcohol, que, después de lo bebido, se convertía en otro de esos días inútiles. Pitu Roca había escrito el libro Tras las viñas, un viaje al alma de los vinos con la psicóloga Imma Puig, un volumen repleto de tierra protagonizado por trece elaboradores con raíz: William Harlan (Napa Valley), Christian Moueix (Burdeos), madame Leroy (Borgoña), Álvaro Palacios (Priorat y La Rioja), Ricardo Pérez Palacios (Bierzo), Reinhard Löwenstein (Mosela), Raül Bobet (Pallar Jussà), Matías Michelini (Mendoza), Sara Pérez (Priorat), Pierre Overnoy (Jura), María José López de Heredia (La Rioja), Elisabetta Foradori (Trentino) y John Wurdeman (Georgia). Aquellas conversaciones durante meses -el libro también era de larga crianza- se habían hecho vidrio y carne con la comida que Pitu había organizado para los trece.


Freático. Era un grupo heterogéneo, muchos no se conocían entre sí, unidos por el anfitrión y su generosidad. Él lo decía al revés: «Los generosos son ellos». Propuse a Raül Bobet -qué bueno está el Acusp, la Borgoña en Lleida- que fundaran El Club de Pitu. Seguro que a Pitu la idea le parece un horror: huye del protagonismo como los perros de madame de las garrapatas. Pero ¿cómo agradecer a este hombre sus esfuerzos pedagógicos y una pasión que alcanza lejanas capas freáticas?


Viticultura. La discusión en mi mesa era incomprensible para los entusiastas sin formación -entre los que me incluyo-. LErmita 2011 era ¿muy-muy bueno o muy-muy-muy bueno? Álvaro Palacios estrenó Quiñón de Valmira 2014, que aquel día mundial sin alcohol/con alcohol aún no se comercializaba: ahora debe de haber llegado a las estanterías de las vinacotecas. Por azar nos tocó la botella número uno: la uno de la primera añada. ¿Quién se la quedaría? Una gran finura y preguntas sobre cómo evolucionaría esa garnacha. Sara Pérez descubrió unas cariñenas grand cru de Porrera, embotelladas en 1997 y 1999. El blanco de Matías Michelini se llamaba Agua de Roca, y nacía entre minerales y era radical y muy verde en boca. Gentes de distintas partes del mundo que entendían la viticultura de distinta manera, aunque, en común, desde un respeto absoluto a la naturaleza.


Auténtico. ¿Por qué estos trece, Josep? «Porque son los que muestran desde su fuerte personalidad las diferentes realidades del mundo del vino. Cada uno tiene un estilo, un contexto, un legado, un anhelo, una certeza, un encantamiento, un cambio vital o filosófico. No es necesario que sean los mejores del mundo, pero son auténticos dentro del mundo». Auténticos: Emmanuel Houillon, hijo adoptivo de Pierre Overnoy, se plantó ante cada uno de los invitados y le dio la mano. Vestía con una cazadora de piel marrón sin tiempo y un jersey que había visto demasiados inviernos. No le importaba el aspecto, sino que su vino estuviera bueno. Un clarete que sostenía felicidad y sinceridad.