Arias sin inocencia

ARENAS MOVEDIZAS

Inocencio, al nacer, estaba destinado a ser notario, como su padre. Cuando el progenitor faltó, con más razón, su madre insistía en que siguiera los pasos de aquel buen hombre que los llevó en peregrinación permanente por el mágico triángulo que forman Vélez Blanco, Murcia y Orihuelica del Señor. Pero de la misma forma que cayó del caballo el día que vio jugar a Di Stéfano por vez primera (lo que le hizo abandonar al Athletic de Bilbao para convertirse en madridista forever) también viró de pretensiones el día o los días en que conoció a compañeros universitarios que preparaban el ingreso a la Escuela Diplomática. Y decidió ser ‘diplo’, para lo cual hubo de aprender sus dos idiomas reglamentarios y estudiar el raro temario que abre las puertas a un club supuestamente selecto e inaccesible, en el que para entrar había que lucir, al parecer, apellidos como Pan de Soraluce, Aguirre de Cárcer o Pico de Coaña. Inocencio creía, como algunos más, que los diplomáticos eran unos mamones, y posiblemente estuviera influenciado por aquella definición perversa que dibujara Ortega y Gasset una tarde disoluta en la que dejó escrito que los diplos eran los hombres ‘casi’: casi cultos, casi educados, casi trabajadores, casi tal y casi cual, equiparando casi a ‘ausencia’ (lo cual demostraba, dice él, que hasta Ortega decía tonterías). También le influenciara la idea de que para ser buen diplomático había que saber levantar correctamente el meñique para sorber el té, disponer de una mesa rectangular para veinte comensales y distinguir con habilidad las diferentes añadas de Bourbon y sus variantes de Tennessee. Una vez dentro de la carrera, a la que accedió y de la que se licenció con buena nota independientemente de tener o no apellidos con solera, Inocencio supo que nada era así. Supo que había que bregar en el servicio exterior y que solventar no pocos problemas ligados a la representación de España en el exterior. Cuenta en el libro que acaba de publicar que pasó por Bolivia, Argelia y la complicada Portugal del 75, cuando se vio asaltada la embajada española después de los últimos fusilamientos del régimen de Franco. El resto del tiempo transcurrió al frente de diversos cargos de responsabilidad en el Ministerio de Exteriores, hasta ser coronado como viceministro de cooperación, una suerte de número dos con Fernández Ordóñez, de quien habla en el libro con el mismo cariño con el que hablamos quienes pudimos conocerle. Entre la cooperación y la ONU estuvo el Real Madrid. Chencho (ya no siempre era Inocencio) fue director general del club de sus amores y supo, mediante su cargo, para lo que servía un palco en el Bernabéu, la ruina de los clubes previa a la televisión y la dificultad de sortear un mundo de palabras efímeras y compromisos cambiantes. Con todo, salió airoso.

El libro del que les hablo (Yo siempre creí que los diplomáticos eran unos mamones, Plaza and Janés, 2016) es un libro equiparable al personaje que lo protagoniza: extraordinariamente atractivo y brillante, inquieto, popular, agudo y repleto de bonhomía. A nadie le extraña que Chencho pueda estar, por igual, en el más exquisito palacio que en la más corriente pulpería, siempre derrochando, por cierto, sentido común y socarronería. Su paso por la ONU como embajador ‘a todo lo que da’ no deberían pasarlo por alto: fueron tiempos difíciles y Arias los defiende con inteligencia.

No esperen sangre gratuita. No es un libro para el ajuste de cuentas, aunque seguramente podría -como todos- tener motivos para disparar. Es un relato costumbrista por el Levante almeriense y el resto del mundo. Retrata con precisión a los presidentes del gobierno a los que ha servido desde diversos puestos y reconozco que me inclino ante el retrato que realiza de uno de los grandes, Calvo Sotelo, a quien yo tengo como gran objeto de estudio: ¿cuántos años han de pasar antes de reconocer que el profesoral Leopoldo fue un extraordinario español, al igual que el impagable Suárez, al frente de las labores más difíciles en tiempos de especiales embrollos y aprietos?

El anecdotario, por demás, de una carrera que da mucho de sí es un inagotable atractivo del libro. Un libro escrito con pajarita. Que no con inocencia.