Pisotear al pobre

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Supongo que Cristina Cifuentes no se sintió demasiado orgullosa de haber argumentado en la sede de la Asamblea de Madrid que su comunidad paga los millones de euros que necesita la Junta de Andalucía para gastos educativos. Es habitual que cuando un presidente de comunidad rica se queda sin argumentos recurra a la injusticia de sostener a las comunidades pobres. Lo gracioso es que, a menudo, se ha criticado a ciertos líderes catalanes por sostener ese agravio comparativo. Se los ha llamado ‘insolidarios’ y se les ha afeado que quieran romper con ello la idea de unidad entre españoles. A estas alturas de la vida política ya sabemos que cuanto más perdido está un líder, más histérico y descerebrado es su argumentario. Pero recurrir una vez más a llamar ‘vagos’ y ‘aprovechados’ a los andaluces empieza a ser chocante por repetitivo. Si nos detenemos un segundo sobre este paradigma tan hispano, lo que encontramos es algo mucho peor y perverso. A los ricos, cada vez más, les molestan los pobres.

Suena un poco horrible, pero es preciso definir un estado de ánimo que se ha apoderado del mundo desarrollado. En el triunfo del brexit y el rechazo contra los refugiados, en la victoria de Trump y el avance electoral de la ultraderecha francesa, hay un claro mensaje hacia los pobres y desfavorecidos. Que os den morcilla, parecen quererles decir los que se parapetan tras liderazgos fuertes, ultranacionalistas y aguerridos. En España, esa misma sensación inunda a quienes se ven obligados a rascarse los bolsillos con sus impuestos y les ofende que ese dinero vaya a cubrir necesidades de los más desfavorecidos. El desprecio al pobre comenzó hace unos años, cuando se impuso en la política el baremo deportivo. Se empezó a dividir a los países entre ganadores y perdedores y a las personas entre aquellos que habían sabido triunfar y los que, incapaces de progresar, se hundían cada vez más. Para muchos, incluso las ayudas, los salarios sociales y las compensaciones son instrumentos que prolongan la pereza y la desidia de los más pobres. En la oposición a la renta básica hay también quienes sostienen que si le das 600 euros a alguien al mes, ya nunca querrá trabajar ni emprender.
La culpa del pobre es algo que antes no se manejaba en el discurso público porque resultaba ofensiva y degradante. Ahora es casi el mejor argumento de ataque. Los pobres y los desfavorecidos lo son porque ellos quieren y se aprovechan de los ricos y los emprendedores. Es difícil explicar cómo hemos llegado a un punto de inflexión que fabrique una moral política tan decadente, pero es así. Jamás he oído a un líder español quejoso porque en Andalucía el reparto de la riqueza, las tierras, el poder y los recursos sea tan desigual. Jamás he oído a una presidenta de comunidad exigir que los ricos andaluces compensen las cuentas de su región con un mayor esfuerzo o que se emprenda una reforma que persiga un mejor reparto de los recursos. No, el ataque siempre se dirige hacia los niños que requieren educación, los pobres que cobran subsidios y los desempleados que exprimen la teta pública. Resulta ya cansino.

En todas las ciudades existen barrios ricos y barrios pobres. En Madrid, donde vivo, basta visitar un parque en un barrio o en otro para comprobar en qué consiste el distinto nivel de servicios, limpieza y vigilancia. La compensación es un mecanismo que requiere esfuerzos personales y colectivos. De no llevarlo a cabo, el nivel de desigualdad y marginación no hará más que crecer. Creíamos desechado para siempre el discurso clasista, pero regresa y tiene visos de quedarse. Cuanto antes lo desactivemos y ridiculicemos a quienes a veces de manera inconsciente recurren a culpabilizar al débil de su mal, al desfavorecido de su suerte y a la persona sin recursos de su carencia de iniciativa, mejor para nuestro futuro. No caigamos en las provocaciones regionales, que tan fácilmente nos seducen, sino entendámoslas como algo mucho más profundo y dañino. El absoluto desprecio por la igualdad, el resentimiento del poderoso por quien necesita ayuda no es un guiño cómplice, es la venenosa picadura del mal. Pisotear al pobre es la nueva falacia.