Reciba mi consideración más distinguida

MI HERMOSA LAVANDERÍA

He recibido una carta cuyo contenido y remitente no revelaré, pero que terminaba con una fórmula que hacía años no veía: la que titula este artículo. Venía con una larga misiva donde su autor exponía las bondades de su vida y obra -aún no reconocida por la opinión pública y los medios, esos vendidos al oropel más superficial-, ponía a caldo la mía y, mientras me perdonaba la vida, me adjuntaba un guion de 250 páginas que, según su propio criterio, era susceptible, bajo mi dirección (que varios párrafos más arriba se había encargado de denostar cumplidamente), de ganar varios Oscar y convertirse en la obra maestra total «que hace años el público espera y desea ver». Reconozco que a lo largo de mi carrera he recibido numerosas cartas de más o menos este cariz, donde sus autores emplean un tono a caballo entre el despecho, la rabia y el resentimiento para ponerme a caldo y ofrecerme guiones que invariablemente van a salvar mi carrera, mientras consagran a sus autores y les hacen entrar en ese olimpo de estrellas al que creen pertenecer con todo merecimiento y que sólo la ceguera de directores, productores y periodistas impide el paso. Cuando recibo una carta así, intento medir el grado de bilis de su autor: si sobrepasa una medida que me parece insufrible -y conste que tengo cuajo para aburrir-, tiro directamente y sin miramiento el guion a la basura. Si el texto está escrito con una cierta gracia, leo el guion y contesto a su autor. El autor de la carta que nos ocupa afirma tener 76 años y haber ocupado su vida en un negocio familiar -cuya naturaleza no especifica- que le impedía dedicarse en cuerpo y alma a la escritura cinematográfica. En atención a su edad avanzada y a pesar de que la carta parece escrita con fórmulas notariales comunes con toques de don Quintín el amargao, decido leer el guion. A las tres páginas, ya se han muerto varias personas de la misma familia por una enfermedad mortal. De hecho la palabra mortal aparece quince veces tan sólo en las primeras diez páginas. A la página veintiocho, después de intentar entender quiénes son los personajes que aparecen de repente dando voces en medio de una cena familiar escrita con la sutileza de Steven Seagal dando mamporros en un salón de té, me doy por vencida: es un batiburrillo infumable, sin pies ni cabeza ni corazón, y la vida es demasiado corta. Supongo que mi desconocido interlocutor interpretará mi silencio como una ofensa más que se suma a las que el mundo en general le ha infligido. Le recomiendo también que, antes de enviar una carta semejante, se cerciore bien del currículum de la persona a la que quiere convencer para que lleve a la pantalla su magna obra, puesto que ninguna de las películas que menciona (y critica) ha sido dirigida por mí. Desde aquí le envío un cordial saludo y, por supuesto, mi consideración más distinguida.