2016, el año del rencor

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Ojalá que el año 2016 no sea recordado en los libros de Historia. Sabe mal decirlo, porque para muchos, en lo personal, seguro que ha sido un año estupendo, lleno de excitación y novedades. Pero si 2016 pasa a la Historia lo será por razones perversas y su guarismo quedará asociado a una crisis profunda de los valores democráticos. Si hay algo odioso en la actitud de muchos analistas tras la victoria del brexit en el referéndum británico y el triunfo de Trump, votado por la clase obrera para formar un gobierno de multimillonarios, es el esfuerzo por justificar ese voto. Sería interesante leerles la misma justificación para explicar triunfos electorales en otros tiempos que resultaron tan dañinos. Vivimos en la era del consumo y todos los profesionales tienen la estúpida tendencia a esparcir el concepto de que el cliente tiene siempre la razón por toda la galaxia de nuestra vida social. No, no tienen la razón en muchas ocasiones y el perjuicio que causan en la organización social y la evolución de los derechos es tremendo.

No cabe duda de que los que defendían el esclavismo lo hacían amparados en sus intereses comerciales, en su ventaja. Tanto como quienes abogaban por mantener a la mujer apartada de la igualdad. Hace unas semanas, un líder empresarial ha dicho que por culpa de la incorporación de la mujer al trabajo se ha provocado un gran desempleo. Son ejemplos precisos de que no todo lo razonado es razonable, más bien siniestro. Esa siniestra sombra se ha extendido por el mundo durante 2016, como un reguero de estiércol. Conviene llamarlo por su nombre, porque la eclosión del fundamentalismo proteccionista, la reivindicación de las fronteras fuertes y la negación de los derechos humanos al extranjero o al refugiado amparada en el patriotismo se combinan de forma perversa para ser fascismo, pero un fascismo de cara simpática. De ahí que los analistas reviertan la culpa. Ya no son los votantes que se dejan seducir por fórmulas engañosas y amenazantes los culpables de esa deriva, sino que son los que se comportan de manera honesta, los que priman los derechos ajenos sobre los privilegios propios. Resultan torpes e incapaces de ganar las elecciones. Perder no siempre es equivocarse, a veces consiste en ser honesto.

La primera necesidad, pues, tras el giro que ha emprendido el mundo en 2016, es decir en voz alta que es algo lamentable. Si la crisis desatada en la pasada década conduce a este giro reaccionario, es que no hemos entendido nada. Que seguimos remando cada uno hacia nuestra orilla incapaces de entender lo que nos amenaza de verdad. Los errores pueden ser corregidos con aciertos, pero nunca con errores aún más grandes. La medida del desacierto nos la va a ofrecer el futuro. No podemos ser videntes, pero tampoco podemos permanecer pasivos. Las felicitaciones inmediatas de todos los partidos fascistas al recién elegido presidente Trump hablan a las claras de una vertebración inédita de los movimientos excluyentes y supremacistas como no se había dado en décadas. Es ahí donde 2016 activa la alarma que reclama que seamos sinceros con la época que vivimos y la califiquemos de siniestra, porque lo es.

No nos puede cegar el esplendor de nuestras vidas particulares, ni la incontestable potencia del progreso tecnológico. El avance de la ignorancia, pero sobre todo del orgulloso poder del rencor como medicina contra los demás, ha encontrado su altavoz para imponerse sin complejos entre la sociedad. En el reparto de males, cada cual ha emprendido la guerra personal, sin atender a los otros, a aquellos que pueden estar peor que uno. Quienes así se comportan, en lugar de sufrir la reprobación social, han topado con quienes le doran la píldora, los que te convencen de que tu egoísmo, tus prejuicios y tu miseria moral no son sino virtudes que tienes derecho a defender. Si 2016 es recordado en los libros de Historia, y no pasa como una anécdota olvidable, una gripe puntual, será porque las consecuencias de tamaña desviación de la responsabilidad social de las personas han desencadenado un ciclo de enfrentamiento y dolor, otro más de los tantos perpetrados por el masivo error de juicio de la gente.