I+D+la voluntad

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Hace poco escuchábamos lamentarse a los padres de niños que padecen alguna enfermedad rara del daño que les había causado el escándalo de un impostor que usaba el impulso de caridad de las buenas personas para sufragar su tren de vida. Los medios de comunicación son colaboradores inconscientes en estos asuntos. Pero por debajo del caso concreto subyace un mal mucho más profundo y que afecta a la sociedad española desde hace un tiempo. La idea de que la caridad puede sustituir las lagunas del Estado. Recuerdo que en mi juventud tuve un amigo cuya familia se había enriquecido por las relaciones con la jerarquía franquista tras la guerra. Cuando volvían a su pequeño pueblo por Navidades y Pascua, me contaba que su madre le llenaba la mano de monedas para que el muchacho las lanzara desde las escaleras de la iglesia y vinieran los niños pobres del lugar a recogerlas agradecidos. Mi amigo tenía grabada en su retina esa imagen y había contribuido, quizá, a hacerle una persona menos prepotente cuando fue adulto. La caridad ha sido siempre en España un recurso de doble filo. Por un lado, servía para aplacar las conciencias de una élite creyente que dedicaba la mañana del domingo a compensar los desmanes que cometía durante el resto de la semana. Por otro, solventaba a modo de parche de urgencia la evidente desigualdad social.

Fue un poco triste descubrir que, al instalarse entre nosotros la última crisis económica, la caridad resurgió como un recurso nacional. Delataba nuestro subconsciente. Así surgieron iniciativas y programas de televisión cuya buena intención recaudadora para causas justas venía a ocultar el abandono por parte del poder de familias y desfavorecidos. Con igual asombro, hemos visto cómo el atravesar un momento de delicada situación económica justificaba que cercenáramos los derechos fundamentales y sacrificáramos, por ejemplo, la obligación de atender a los refugiados. Existe pues una interrelación problemática entre ser caritativo y el dinero. Aún peor, la caridad vuelve a ser un atisbo de sentimiento de culpa. Y peor todavía, a juzgar por los datos de personas mantenidas por instituciones de ayuda social, la caridad vuelve a ser un parche que disfraza la falta de responsabilidad de nuestras autoridades sobre el bienestar de sus ciudadanos.

Pero, dando un paso adelante, aún es más problemático que el cuidado y el desarrollo de la investigación científica también se haya convertido en un habitual destino de la caridad ciudadana. Igual que uno antes daba dinero para las misiones o para los pobres, ahora uno echa algunas monedas a las huchas para los avances neurológicos, la investigación con células madre y el estudio de los códigos genéticos. Lo asombroso es que esto no nos parezca desasosegante, porque de lo que deberíamos preocuparnos es de fortalecer nuestro sistema sanitario público y no aventuras inciertas de curas milagrosas. Durante las ininterrumpidas campañas electorales, escuchamos hablar con grandes aspavientos de la inversión en investigación y desarrollo, redefinido con ese bonito lema de I+D. A menudo los recursos presupuestarios englobados bajo esa partida se han destinado a la perfección y adquisición de armamento y al desarrollo de nuevos sistemas bancarios para esquilmar aún más a la clientela. Es decir, que investigación hay y desarrollo también, pero no tanto al servicio de la sociedad como del lucro empresarial.

La sustitución de la responsabilidad gubernamental y del equilibrio presupuestario por los impulsos caritativos de la población es un insulto a la inteligencia colectiva. Y más cuando nuestros jóvenes investigadores están obligados a exiliarse para encontrar trabajo acorde a sus estudios. Pero a nadie le ha ido mal del todo por tratar de idiota a la gente, así que la fiesta continúa. El drama de tantas familias que se enfrentan a alguna enfermedad que requiere tratamientos novedosos y los avances médicos no pueden delegarse en la caridad. Hay que enfrentarse a nuestros gobernantes si existen carencias, pero no salvarles la cara haciendo creer al personal que una colecta todo lo soluciona. No hacemos más que revivir la escena de mi amigo lanzando monedas a los pobres a la salida de misa. Y entonces, aunque solo sea por dignidad nacional, tendríamos que cambiarle el nombre a la partida presupuestaria y llamarla I+D+la voluntad, gracias. n