‘Big brother, big data’

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Creo que no hay nada que me irrite más que, cuando estoy mirando un disco en iTunes, me salga debajo la frase «los que han comprado este disco también han comprado este, este, este y este». Me dan siempre ganas de gritar (¿a quién?): «Pues ahora te jodes porque no pienso comprar ninguno». La sensación literal de verme reducida a un número a pie de página de una inacabable lista de consumidores consigue quitarme la ilusión de comprarme un disco y, aun cuando la mayoría de las veces acabo haciéndolo, lo admito, el regusto amargo tarda en irse. Lo mismo sucede cuando no encuentras un libro en las librerías y acabas encargándolo en Amazon y te recomiendan 50 más que no te interesan un pimiento. Todos sabemos que somos consumidores, pero que que te hagan sentir sin tapujos que eso es lo único de valor que posees para la sociedad es francamente muy desagradable. La numerización consumista de todos, hasta de los niños de pecho, y el control que se ejerce sobre nosotros están llegando a terrenos que dejan en pañales al “Gran Hermano” de 1984 o, por citar un ejemplo reciente, a cualquier capítulo de Black Mirror. En eso consiste el ubicuo concepto de big data: la exhaustiva y minuciosa recolección de todo tipo de datos sobre individuos, grupos y sociedades enteras para controlar, manipular e interferir en múltiples aspectos de sus -nuestras- vidas. Cada cosa que hacemos tiene cabida en este omnívoro big data: dónde comemos, las apps que descargamos, los coches que miramos en Internet (cualquier cosa que miramos en Internet), el banco donde tenemos el dinero, los créditos que pedimos, cómo decidimos pagar nuestras deudas, el hospital donde nos curan un codo dislocado, los puntos de nuestras tarjetas de fidelidad o hasta los colchones que recuerdan la temperatura que nos permite dormir a gusto. Pedir una pizza por teléfono ya no es un acto inocente: creemos que pagamos por un trozo de napolitana y unas cervezas cuando en realidad estamos proporcionando una información sobre nuestros horarios, nuestro teléfono, nuestra dirección y nuestros hábitos alimentarios. Después de coleccionar toda suerte de datos, el big data utiliza sofisticados algoritmos para procesarlos y proporcionarlos a las empresas para que tomen decisiones sobre qué vendernos y cómo. Estos algoritmos se utilizan para cualquier cosa. para decidir si nos van a dar un crédito, si nuestros hijos pueden entrar en determinado colegio, si el próximo iPhone volverá a poner los auriculares con cable o a cuántas enfermeras van a despedir de un hospital.
Pero big data, como tantas cosas en nuestro tiempo, no es la verdad porque las personas no se definen únicamente y no pueden definirse únicamente a partir de lo que consumen. Cualquier decisión que no tenga en cuenta la imprevisibilidad del ser humano, su conducta en situaciones a las que no se ha enfrentado antes, su volativilidad, su genio, su locura y su temperamento está destinada a fracasar, aunque en el camino pueda llegar a causar un daño irreparable y un estado prolongado de injusticia. Está en nuestras manos, y sólo en ellas, volver loco a big data, a sus algoritmos y a los que quieren forrarse con ellos.