Dickens tenía razón

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Los amigos, los buenos, los de verdad, son como las vigas del edificio que es nuestra vida. Aunque no los veamos a menudo, aunque nos olvidemos de sus cumpleaños o incluso cuando no asistamos a los funerales de sus seres queridos, sabemos que están ahí y que no hace falta que digan «estoy aquí para lo que necesites» porque realmente están. El hilo que une a los amigos es capaz de resistir avatares y faltas y hasta errores de bulto. La profundidad de una amistad no puede juzgarse por la proximidad o la regularidad en la comunicación, sino por la generosidad con la que cada uno acepta las faltas del otro. Es una manera de sentirse humano, vulnerable, aceptado. los amigos nos aceptan como somos porque nosotros también los aceptamos a ellos en un pack completo, aunque nos molesten sus tics, alguna manía o incluso cuando no nos pongamos de acuerdo sobre la bondad de las croquetas de un bar o la genialidad de Xavier Dolan. La amistad es capaz de remontar desacuerdos profundos, disensiones, criterios diametralmente opuestos.

Las mejores amistades evolucionan con el tiempo y es tan fácil retomar el hilo de una conversación de hace seis años como continuar un diálogo que se empezó ayer. Otro signo fácil de reconocer la amistad es la alegría que nuestros éxitos producen en nuestros amigos y la manera en que nos acompañan en los fracasos.

Fechas como fin de año o Reyes nos hacen sentir de una manera casi palpable la ausencia de los amigos que se fueron. Las celebraciones compartidas, los momentos felices y tensos y complicados porque en el camino de vida de una amistad hay de todo. Si cierro los ojos, puedo ver en esta misma habitación desde la que escribo los brazos alzados de mi amigo Potau, que cada fin de año nos ofrecía su peculiar coreografía de orangután enloquecido tras la cena en la que había mirado sospechosamente todos los alimentos que no conocía y se negaba a comer. Lo veo sentado a la mesa, brindando con coca-cola, mientras retiraba la grasa del jamón o el queso del pan. Le puedo oír animando a todo el mundo a bailar con la alegría de un niño friolero de diez años, con el gorro de lana puesto, mientras los demás sudábamos e insistíamos en abrir la ventana. Veo su cara compungida cuando llegaba sin ningún regalo porque nunca sabía qué comprar y el cabreo que pillaba cuando lo llamábamos ‘Mister Scrooge’, mientras protestaba diciendo que él prefería hacer los regalos en otro momento, a lo que nosotros contestábamos que su momento era más bien nunca. Y su presencia se funde en el fantasma de las navidades pasadas, de las presentes y de las que vendrán, porque sé que cada Navidad y cada fin de año me acordaré de él y lo veré en las latas de coca-cola y en las rodajas de naranja y en los huesos de cereza. Porque, aunque ya no esté, cuento y contaré siempre con él y he comprendido por fin que ese es su regalo.