La historia, arma política

ARTÍCULOS DE OCASIÓN

Alguna vez se debería reconocer que la histeria colectiva forma parte de los recursos políticos más al uso. Resulta fascinante pararse a observar cómo algunos intereses particulares pueden teledirigir la agenda de los ciudadanos. Cómo consiguen hacer que pasen desapercibidos verdaderos dramas sociales y humanos y, sin embargo, nimiedades o absurdos se conviertan en preocupaciones urgentes. Sucede también con la valoración de las personas públicas, que nunca se basa en un estudio certero de quién es quién a partir de enjuiciar sus actos, sino en arrebatos y maledicencias. La manipulación de la opinión ha llegado a grados de sofisticación muy elocuentes. Lo malo es que la mayoría de las veces les resulta demasiado fácil a unos pocos hacer pensar a los demás solo en lo que ellos quieren. En lo que tiene que ver con la histeria, me sorprendió desde el primer día que la oposición al Gobierno municipal de Manuela Carmena en Madrid no se basara casi nunca en la calma y la apreciación de sus errores, sino en un intento desmesurado y zopenco de destruirla y vejarla. La mejor oposición suele consistir casi siempre en la calma para golpear cuando algún error de gestión cae por su propio peso. De lo contrario, la sensación es de hastío, de alguien que cada medida y cada reforma la considera un agravio constitucional o moral.

Pasó con cientos de cosas, desde la Cabalgata a la recogida de basura, que la oposición a Carmena agitó sin pararse a reparar en su ridiculez o el grado de culpa que tenían los gobiernos anteriores. Pero donde más evidente se hizo la utilización de la histeria como argumento político fue en los cortes de tráfico en el centro de la ciudad durante la Navidad y en las restricciones al automóvil en los picos de alta contaminación. Lo habitual durante los gobiernos municipales de Gallardón y Ana Botella era considerar la contaminación un mal necesario para seguir impulsando el negocio del coche y del hidrocarburo. Por eso, cuando se alcanzaba un registro de contaminación que contravenía los límites permitidos por la autoridad europea, la única que vela por nuestra salud de modo aparente, lo que hacían los regidores era cambiar de sitio los medidores y tratar de engañar a la población. Incluso el famoso Día sin Coches se festejaba en Madrid con un aumento de la circulación, tal era el desprecio por esa celebración simbólica. Con Carmena, la medición de la contaminación se hizo con rigor, y resultó de una certeza tremenda. Nada más imponer las restricciones, la oposición corrió a desplegar la histeria oportunista.

El caso alcanzó el ridículo absoluto cuando David Pérez, el espontáneo alcalde de Alcorcón que tanto está dañando el buen nombre de esa ciudad, denunció al Ayuntamiento de Madrid por restringir el tráfico en los días de más alta polución. Sostenía que era un atentado contra el artículo 19 de la Carta Magna, nada menos, el que habla de la libre circulación de las personas. Supongo que no se ha parado a pensar que si la autoridad no tiene derecho a restringir esa libertad seguramente la mayoría de las leyes policiales y fronterizas se irían al carajo. Pero tiene gracia que invoque ese derecho el mismo partido que impedía ir con camisetas reivindicativas a favor de la enseñanza pública por la acera donde estaba situada la Consejería de Educación. El disparate es mayúsculo, porque en Madrid y en Alcorcón hay calles que tienen restringido el paso a vehículos, prohibido su aparcamiento, el uso del claxon y hasta de la parada para recoger a una madre inválida. De pronto, para estos señores, el derecho a circular con su coche por el centro de Madrid era algo así como un derecho humano, comparable al derecho a la vida, la vivienda y el sustento que se niega sistemáticamente a los pobres, los refugiados y los emigrantes sin que les importe un carajo. Confundieron el derecho al libre tránsito, tan vejado de verdad, con el capricho de ir en su coche y aparcarlo donde les salga de las narices, sin respetar la salud colectiva o las decisiones organizativas. Su histeria obligó a perder el tiempo a un juzgado en desestimar la delirante demanda.