Después de la oscuridad

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Muchas veces me pregunto cómo será ver el mundo tal como es, sin mis sempiternas gafas. Sí, ya sé que ahora hay, al parecer, sencillas operaciones de láser con las que te quitan la miopía, el astigmatismo y la presbicia, pero es que la idea de un láser friéndome el ojo me apetece tanto como comerme un hámster. También sé que existen lentillas que te puedes poner por la mañana y sacar por la noche, pero pertenezco a ese cobarde grupo de personas que, por diversos traumas infantiles, es incapaz de soportar que nada se acerque a su ojo. Con decir que incluso cuando una maquilladora profesional intenta ponerme el rímel pego un bote que salto de la silla, me imagino que está dicho todo. Cada vez que voy al oculista a una revisión y me ponen las gotas para examinarme el ojo, acabo con medio litro de colirio por la cara porque no puedo soportar ver la mano del médico con el bote de colirio cerca de mí. No tengo ninguna explicación para esta fobia (como no la tengo para mi fobia al bacalao). Son manías que no le hacen precisamente la vida a una más fácil, pero con las que hay que apechugar como buenamente se pueda. Aunque he hecho de esta tara una virtud, poniéndome a coleccionar gafas de todos los rincones del mundo, en realidad, siempre he soñado con ver bien sin ellas y por eso siempre ando buscando maneras alternativas de arreglar la vista. Pero lo cierto es que no las hay. En esa búsqueda del Santo Grial de la vista óptima, me tropecé con los hallazgos de Elizabeth Quinlan, una neurocientífica de la Universidad de Maryland (Estados Unidos) que está llevando a cabo unos interesantes experimentos con ratones con problemas de vista. Al parecer, el experimento consiste en mantener a los roedores en un espacio cerrado y a oscuras durante un cierto tiempo, pasado el cual se ha comprobado que su vista mejora notablemente. La doctora Quinlan, tras el éxito del test con los animales, decidió trasladar la prueba a los humanos y estuvo buscando a un hombre y a una mujer que accedieran a pasar 10 días en total oscuridad. A principios de 2016, una mujer de 26 años y un hombre de 50 se sometieron al experimento de compartir un apartamento en Nueva York preparado para que en ningún momento pudieran ver nada. Incluso la comida les fue suministrada a través de un tubo especial que no dejaba pasar ningún tipo de iluminación. Estas dos personas, que no se conocían, a partir del segundo día de oscuridad empezaron a tener diversos tipos de alucinaciones. También desarrollaron más los otros sentidos: el gusto y el oído. Las fresas que les servían les sabían más dulces e intensas. Los ruidos del exterior les llegaban multiplicados por diez y hacían que se les desencadenasen más alucinaciones. Tuvieron varios ataques de ansiedad. Pasaban el día durmiendo, cantando y contándose la vida. Llegaron al final del experimento en buen estado físico y cuando salieron al exterior todo les pareció brillante, cálido y nuevo. como si lo vieran por primera vez. Se están estudiando a fondo los resultados de este experimento. Y yo los espero con ansia: sería capaz de pasar 10 días en la oscuridad con mi peor enemigo si me aseguraran que, a la salida, iba a ver por fin con nitidez los contornos del mundo.