Exorcistas

MI HERMOSA LAVANDERÍA

La primera vez que vi la película El exorcista, no me enteré ni de la mitad porque tuve que taparme los ojos (y los oídos cuando podía) del miedo que me daba. Una de las cosas que recuerdo con más claridad y yo diría que la que más me aterrorizó fue el momento en que la madre de la niña poseída recibe al exorcista y le enseña, como quien ha aceptado que la pesadilla es algo normal, una habitación en que los objetos vuelan y Linda Blair vocifera en arameo. Desde entonces, cualquier mención a posesión diabólica, incluso en broma, me da auténtico pavor. Me desasosiega la idea de que la Iglesia católica, por indicación del Vaticano, por un lado, remite primero a un doctor a aquellos que creen estar poseídos por el diablo y, por el otro, mantiene, solamente en Italia, a un plantel de 300 exorcistas que no dan abasto con sus prácticas porque la demanda no para de crecer. Según la Asociación Italiana de Psicólogos y Psiquiatras Católicos, al menos medio millón de personas al año denuncian casos de exorcismo y los 300 exorcistas en plantilla trabajan sin parar. Domingos y días de guardar incluidos. El Vaticano da carta de naturaleza a estos profesionales, pero procura que hagan su trabajo en la sombra, para no empañar la imagen de renovación que quiere dar.

Gabriele Amorth, el más famoso exorcista, realizó entre 1986 y 2007, cuando se jubiló, cientos de exorcismos diarios y un día llegó a practicar hasta 600. Fue el primero en reclamar a la Iglesia que invirtiera en la formación de exorcistas. Otras instituciones como el Sacerdos Institute organizan cursillos semestrales donde enseñan los básicos de los rituales, la doctrina y la psicología del exorcismo, que siempre empieza con una petición al diablo para que se manifieste, seguido de oraciones y cánticos. Aunque para ser un auténtico exorcista, no hay que presentarse voluntario, sino que es el obispo de la diócesis de turno el que debe nombrarte.

Los exorcistas hoy en activo declaran que en muy pocas ocasiones han visto auténticos casos de posesión diabólica, con gente girando la cabeza y andando al revés por el techo, aunque sí es más común el sujeto poseído que empieza a hablar en idiomas desconocidos. La mayoría de los casos, los que piden ayuda a la Iglesia son gente desesperada con graves trastornos de personalidad que están convencidos de que el diablo habita en ellos y que agradecen que un sacerdote los libre del mal, aunque sea completamente imaginario. El simulacro de exorcismo que muchos de los curas exorcistas hacen cura a esos enfermos mentales al borde de la desesperación, que se creen poseídos por una deidad maléfica y que tras él resultan milagrosamente curados. Pero, de ser cierto que hay personas auténticamente poseídas, ¿qué gana el diablo con este trajín de almas perdidas, de simulacros, de cabezas que giran? ¿Tanto se aburre en el infierno? ¿Y no se cansará nunca de este duelo perpetuo con las fuerzas del bien, de este cansino vagar de cuerpo en cuerpo, buscando un lugar donde anidar tranquilo sin que venga un señor con clerygam y le ponga perdido de agua bendita y oraciones?