Noches de ‘First dates’

MI HERMOSA LAVANDERÍA

Sé que no es precisamente algo de lo que se pueda sentir una orgullosa, pero tampoco me avergüenza confesar que estoy enganchada a First dates. Hay algo de extrañamente reconfortante en todas esas personas de entre dieciocho a ochenta y pico que no han perdido la esperanza de encontrar pareja, ligue o incluso cariño verdadero o hasta amor. Cada tres días, me concedo un respiro y me arrellano en el sofá con mi perrita Noodles, mientras mi hija me mira como si estuviera loca, y me dispongo a ver un episodio del programa del restaurante del amor. Me gusta ver cómo entran en el restaurante. Ellas: alisándose la falda, con las tetas por delante como en una ofrenda, nerviosas como flanes, con una seguridad aplastante, cojeando, vestidas de negro, de naranja, con vestidos microscópicos, con patalones de hombre, con túnicas, con tatuajes, con tacones alucinantes, con zapatillas. Ellos. fingiendo una seguridad que no tienen, sudando, resplandecientes, temerosos, dispuestos a seducir, con cazadoras imposibles de Primark, vestidos como pinceles, con toneladas de brillantina, piercings para aburrir, pantalón corto, cargados de esperanza, desconfiados. Y se aposentan en el bar y piden un mojito o un tequila para aplacar la tensión, y Carlos Sobera, en el papel de su vida, les pregunta qué buscan, y ahí vienen las cosas que todos hemos dicho o hemos oído un millón de veces antes: que sea guapo, que tenga pelo, que se cuide, no me importa el físico, que le guste Japón, que le guste viajar, que le guste quedarse en casa, el físico es importante, que le guste Britney Spears, que sea malote, que sea muy buena persona, que le guste la ópera, que me haga reír, que me haga reír…

Sin embargo, a otro nivel, el programa es un extraordinario catálogo de la resiliencia del ser humano y su inagotable deseo de trascendencia, incluso si lo que algunos claramente buscan es tan sólo cinco minutos de fama en la televisión o un polvo rápido en el baño del plató. Hay tanta hambre de conexión, deseo de compañía, desesperación, bravuconería, soledad y cabezonería en First dates como en la más compleja de las obras de Sam Shepard. Para mí, los individuos más conmovedores son aquellos que confiesan haber tenido varias relaciones que no han funcionado, y allí están, intentando presentar su mejor cara, creyendo que esta vez sí, que esta vez -delante de las cámaras, con luces artificiales y con Carlos Sobera pronunciando frases sacadas de bienintencionados libros de autoayuda- van a encontrar el amor. Admiro a los que participan en First dates y admiro su incansable búsqueda de calor humano. Y me los imagino, volviendo a casa, cuando les ha tocado alguien que no les gusta un pelo, sin tener una segunda cita y yéndose a la cama con la sensación de haber perdido el tiempo. Y los veo despertarse a la mañana siguiente, con resaca por los mojitos y el tequila y el vino, y mientras se toman un ibuprofeno, una sonrisa imperceptible se dibuja en sus labios: la próxima vez -piensan-, la próxima vez…