Un mundo sin censura

ANIMALES DE COMPAÑÍA

Entre los especímenes más irrisorios de cretinismo contemporáneo se cuenta el cretino que, para exaltar la supuesta libertad de expresión que disfrutamos en nuestra época, la contrasta con las cortapisas existentes en épocas pretéritas. Pero lo cierto es que nunca ha habido más censura que hoy: han cambiado, por supuesto, los métodos, que ya no emplean los recursos antediluvianos de antaño, tachando aquellas ideas que le disgustan; pero la eficacia de las nuevas formas de censura es infinitamente mayor, más inmediata y aséptica, y a la vez más indolora y gratificante.

Suele ocurrir que los cretinos que exaltan la supuesta libertad de expresión que disfrutamos en nuestra época, en contraste con épocas pasadas, sean a la vez tecnólatras frenéticos que divinizan interné, presentándolo como un invento donde no existen centinelas que criben lo que puede y no puede decirse, donde cualquiera puede expresar sus ideas, que además podrán divulgarse sin trabas de forma instantánea, alcanzando audiencias multitudinarias. Pero lo que ocurre es exactamente lo contrario. El disidente que soltaba sus ideas subversivas en el casino de su pueblo o repartía octavillas entre los tenderos de su barrio aún podía, con un poco de suerte, aspirar a que lo escuchasen o leyesen sus vecinos. Lo que interné nos ha procurado, bajo una apariencia de universalidad, es una sociedad infinitamente fragmentada, dividida en grupúsculos endogámicos, en la que sólo escuchamos o leemos opiniones que fortalecen y reafirman lo que ilusoriamente creemos que son nuestras convicciones; y que, a la postre, no son sino las opiniones que otros nos han instilado muy sibilinamente. Pues interné -como siempre ocurre con la tecnología- no es un instrumento neutral puesto a nuestro servicio, sino un instrumento que nos pone al servicio de quienes lo manejan. Y quienes lo manejan saben cómo seleccionar, entre el mogollón informe de opiniones que se vierten en interné, aquéllas que les conviene destacar y divulgar, para colonizar ideológicamente a quienes lo usan. A nadie se le escapa, salvo a los cretinos, que los buscadores de interné, como las redes sociales, utilizan algoritmos que, a la vez que propagan universalmente las opiniones sistémicas, complacen a los ilusos disidentes, permitiéndoles vivir dentro de un microclima donde sólo leen o escuchan las opiniones que les gustan, infundiéndoles el espejismo de que tales opiniones han sido divulgadas universalmente. De este modo, mediante la visibilidad restringida de aquellas opiniones que se consideran impertinentes o subversivas, se logra la fragmentación y aislamiento de los disidentes.

Y, entretanto, las opiniones que verdaderamente alcanzan audiencias multitudinarias son las que no constituyen ningún desafío a las ideas establecidas, las opiniones plenamente sistémicas que a los amos del cotarro les interesa divulgar. En nuestra época no hay censura por la sencilla razón de que los amos del cotarro disponen de recursos para impedir que las opiniones críticas se propaguen. Mucho más eficaz que suprimir la opinión de los disidentes es lograr su confinamiento dentro de unos límites muy estrechos; y lograr que tal confinamiento sea, además, complaciente y gustoso, pues los confinados ni siquiera se enteran, y pueden gritar como posesos sin apenas repercusión. Y mientras ellos se desgañitan ante su reducidísima parroquia, sin cortapisas ni censuras, los amos del cotarro pueden dedicarse tranquilamente a divulgar su bazofia sistémica, sus intoxicaciones funestas, sus medias verdades venenosas, sus superficialidades entontecedoras,que suministran a su inmensa y universal parroquia la ilusión de tener un acceso sin trabas a las opiniones más dispares (que serán, sin embargo, concordes en lo esencial, con su aderezo de discrepancias barulleras e inanes en lo accesorio). Así, bajo una apariencia engañosa de tolerancia, logran hacernos creer que vivimos en un mundo sin censura; pero bajo esa fachada permisiva y libérrima se esconde una implacable restricción que, sin embargo, no crea alarma ni perturbación, sino por el contrario una satisfecha complacencia, incluso en el disidente.

O sobre todo en el disidente, cuyo descontento ha sido hábilmente reconducido hacia canales suburbiales donde pueda desfogarse, sin que nadie se entere. Así el disidente se convierte en una voz que grita en el desierto a la que ya no es necesario amordazar con la censura, porque puede desgañitarse sin que nadie le haga ni puñetero caso, sin que sus opiniones subversivas rocen siquiera el tumulto de voces que los amos del cotarro amplifican, para hacer más invulnerable su dominio.